Vas en tu jaca campera -en la tuya- y el soplo del amanecer te pega en la cara frío, como el invierno en el que te encuentras. Apenas eres consciente de si estás despierto o sigues dormido pues vas con el abrigo apretado y la gorra calada hasta las cejas. Los meneos de la montura y el recibir una bocanada de aire gélido hacen que, inconscientemente, te abras un poco la chaqueta para notar esa mañana de finales de febrero y recordarte que eres el más feliz del mundo.

La jaca anda ligera, la temperatura le tiene un poco agarrotados los remos y sabe que el paso alegre le calienta los tendones. ¡Qué bonita va! Meneando su figura contenta, partiendo la escarcha con los cascos. Te ves reflejado en su mosquero…

No te das cuenta hasta que lo ves a tu lado, tu otro amigo, ese perrillo que tanto te ha oído y que todo te perdona; no soportó esperar a que volvieras entrada la mañana y, como siempre, decidió acompañarte a seguir coleccionando amaneceres, algunos tejidos de pólvora y otros -los más- de escenas imborrables en la memoria.

Quieres llegar pronto, para ver si das con ellos. Ahora, a pesar de que la hierba anda escasa por tantísima lluvia y más frío, se esconden pronto porque el monte tiene mucha comida. Los venados van a desmogar en breve, alguno quizá ya anda mogo, escondiendo sus vergüenzas en los jarales más hondos, para que no descubran su falta de gallardía las primalas más tiernas y, por qué no decirlo, huyendo de esos “veletos” mal terciados, que desmogan tarde y que se llevan un palizón en berrea cuando intentan padrear. Ahora el venado viejo sabe que es vulnerable a sus enemigos de la sierra; ahora, los cobardes astifinos buscan vengar su famélico honor ante los bravos palmeros que siempre los tienen a raya.

Sigues en tus pensamientos cuando levantas una collera de patirrojas preciosas, que ya se han hecho pares… ¡qué bonito es el canto de un pájaro perdiz dando los buenos días!

Llegas al puntal que tanto te ha cuidado, al que huyes cuando quieres esconderte de ti mismo. El caballo se para mirando en la lejanía. El perro también. Al fondo, rozando el horizonte, una luz se va haciendo más grande y potente mientras el campo extremeño empieza a vibrar dándonos paso a una nueva oportunidad para vivir… Oigo los ecos de los cencerros de las vacas que barruntan que José va a echarles su pienso diario. Otro grupo de patirrojas sale “cuchicheando” sierra abajo huyendo de mi presencia. Ahora veo una piarilla de cochinas con toda su prole detrás, buscando el encame tras una noche de ronda. Un bando de torcaces se dirige al alcornocal en busca de alguna bellota olvidada por el ganado. Los colorines cantan, las mirlas se desperezan. A lo lejos siento la música de una pedriza que está cruzando una pelota de reses. En la vega del arroyo siento los ladridos de un corzo encelado marcando su territorio…

¡Qué bonito es madrugar para que el campo te cante una nana…!

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