A mis amigos los sibaritas, sobre todo a «Robert» y Dani, culpables de esta historia….

Ella suspiraba entristecida, observando su mirada perdida, escuchando sus silencios rotos por algún leve suspiro.  Y su mente le jugaba malas pasadas, y le carcomía sembrándole dudas sobre si otra hembra le estaría robando la consciencia….

¡Qué poco lo conocía!  El estaba recordando crujidos leves de ramas, raspar en encinas, alguna dentellada… el añoraba al macareno con la cabellera bañada por la luz plateada de la luna de mayo.

Como bien dice mi buen amigo Dani de Playmocaza: “Solo entiende mi locura quien comparte mi pasión”. 

Y es que los amantes de la espera vibramos con los recuerdos de esas noches en las que hemos tenido la suerte de estar acompañados por nuestros queridos adversarios. 

 

“…Esas noches serenas en las que no corre el viento, a ratos quizás una brisa en la cara.  Esas noches de media luna, cielo estrellado y temperatura amable.  Esas noches en las que el puesto está cumpliendo y sabes que entran todos los días. 

Esos momentos en los que se para el mundo y cesa el bullicio luminoso para entrar la quietud nocturna.  Esos momentos en los que el silencio se rompe por el crujir de alguna rama lejana seguido de un silencio casi viscoso.  El escuchando y tu esuchandole a el.  Largos minutos y otro crujir mas cercano, el corazón acelera, se seca la boca.  La respiración se pausa, a sabiendas que o te ha oído ya o no te va a oir nunca.  Esos instantes que ves la sombra moverse y no te explicas como esta apoyando las pezuñas. 

Se para, no te muevas… ¿levantará el hocico?  Mal asunto si lo levanta… Te parecer sentir su instinto.  Finalmente, entra con cierta confianza, pero siempre en estado de alerta.  Pies entumecidos, brazos tensos, encaras el rifle a cámara lenta…. Sigue ahí, sigue quieto… Es ahora o nunca…”

Eso es la espera…

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