Dicen que Jesucristo hizo sentir en vida el placer de La Gloria eterna a su compadre Simon, quizá por eso de que fuera su mejor amigo.

Qué bien se está cuando se está bien. Qué bien se está cuando antes de la suelta ya han tronado los cielos porque la traviesa y la cuerda no enfrían los rifles. Qué bien se está cuando los lances se suceden, el caballo horquilla a cada tranco y todos los perreros van a la mano contentos, reflejando sus alegrías en las ladras de sus perros.

Qué bien se está cuando a mitad de montería alumbras los oidos de guardas y postores porque llamas a retirada con la caracola; ya se ha recogido la cosecha de carne que habíamos venido a buscar a la sierra y ahora toca dejarla en paz.

Qué bien se está cuando caminas por las arenas de la marisma con tres vinos en el pecho y tu caballo parte el mosquero de oreja a oreja.

Qué bien se está en lo alto de un puntal en noviembre, con el cierzo en la cara y una buena candela de compañera. El poniente en las costillas y saboreando el otoño con energía y los pulmones limpios. Con el sonido del mirlo que busca paz o de la pitorra que vuela a donde nadie sabe dónde.

Qué bien se está cuando respiras sofocado en un repecho, quizá sudando por la pendiente, pero ves que la montaña no te puede, sino que se divierte contigo mientras ve que le vas ganando la mano. Qué bien se está desde la cima, con las extremidades tensas y la frente sudorosa, pero notas que tu cuerpo está fuerte y tu entorno te da los buenos días.

Qué bien se está cuando encuentras bajo unos chaparros medio cesto de boletus o un desmogue de corzo, cuando paseando una garrota levantas de su cama a un apuesto macareno o echan a volar unas perdices de vuelo fugaz y voraz contra el viento.

Todos esos momentos en los que cierras los ojos y recuerdas aquel tranco de tu caballo, aquel toque de caracola o aquel silbido de alas al viento que te arranca una sonrisa. Y siempre lo recordamos cuando no estamos tan bien, cuando el caballo está con un cólico o tu rodilla con un esguince. Cuando la solana que monteas no tiene un rabo o cuando tus pulmones no se atreven a abrocharse a ese repecho…

Cuando desde la fría sala de espera de un hospital escuchas al camión de la basura añorando las noches en las que, entre velas, agradeces estar sobre un lecho seco y no en las frías montañas del fin del mundo.

Me imagino al guardián de la Iglesia con las barbas de pescador y las manos forjadas en muchas tardes tejiendo redes. Ese discípulo bravo y de pocos amigos que nada ni nadie le hacía titubear en la vida, salvo los tres tropiezos que el gallo se encargó de recordarle.

Me lo imagino con su semblante agrio pero conmocionado al sentir las delicias de la Gloria, en ese regalo que su amigo le brindó: disfrutar un segundo de lo que se siente Allá Arriba.

San Pedro unicamente dijo – pero lo dijo de verdad- intentando inútilmente no expresarlo, para así defender su carácter y tozudez: qué bien se está…

MJ Polvorilla

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