La sombra del lobo es alargada

 

 

Son las 17,30 de un lunes de este recién estrenado otoño y me siento en el suelo del blind esperando que me entre al aguadero ese viejo corzo de negras perlas que ya he visto en varias ocasiones gracias a las placas que la invisible cámara de fototrampeo capta con absoluto desconocimiento del anciano duende que a mí me trae de cabeza en esta extrañísima temporada truncada por otro invisible animalejo inadvertido para nosotros que nos has puesto contra las cuerdas. El cazador cazado. 

 

No albergo ya demasiadas esperanzas en que el precioso corzo asome el morro por la plaza. El mercurio ha tirado a la baja hace días, ha llovido en varias ocasiones abundantemente, incluso con violencia  y, por las mañanas, el rocío baña ya los corros de hierba fresca que, para mi sorpresa, brotan en esta arenosa tierra alfombrando estos recios pinares castellanos, otrora reserva maderera con la que nuestros ancestros construyeron naves y navíos que les llevaron a la conquista de otros mundos y les permitieron guerrear para mantener una hegemonía, envidia del resto del orbe, que bañó de sol nuestra nación. Pero esa es otra historia…

 

Con nostalgia me acomodo en el pequeño cojín que he portado para sentarme en el suelo y poder otear con más comodidad el espacio de monte que me permite observar la angosta tronera de ni camuflado refugio. Tengo mi arco montado, apoyado suavemente contra una de las paredes de lona. Un par de horas de luz es todo lo que me va a ofrecer esta tarde que discurre entre nubes y claros aún con aceptable temperatura.

 

Todo me parece demasiado confortable, acostumbrado como estoy a largos aguardos sobre las desnudas ramas o duras tablas que, habitualmente, empleo como apostaderos. Disfruto tanto de este hotel de cinco estrellas que saco del morral un manual sobre el cazador formado, que me permite recordar lo aprendido en un interesante curso que realicé al efecto, y me dispongo a leer plácidamente sin dejar de guipar cada poco lo que acontece en el exterior.

 

En breve abandono la lectura pues la afluencia constante de aves al aguadero para libar del necesario elemento, o para tomar un baño y acicalar el plumaje, me saca de mi plácida lectio. Primero entra un nutrido grupo de arrendajos con una algarabía propia de quinceañeros. La fauna también disfruta. Después hacen acto de presencia un par de picapinos a los que fútilmente intento fotografiar con la cámara de mi iphone. Beben y después se lanzan a martillear en las maderas de los troncos más próximos a la pequeña baña. Les acompañan carboneros comunes y garrapinos, y cuatro herrerillos capuchinos que hacen las delicias del respetable, que soy yo. Del viejo corzo ni rastro…

 

La tarde avanza y la pantalla de mi reloj de aguardos marca las 18,45. Poco queda, pero la esperanza es lo último que se pierde. En esto entra una auténtica banda de alados bandidos, los azulados rabilargos, que lo hacen en un grupo conformado por más de veinte individuos. La lían parda. Se persiguen entre ellos, mientras unos cuantos se quedan de vigilancia, y el resto abreva y se baña a placer. Los vigías se turnan. Aunque auténticos apandadores que dejan sin un grano los cebaderos, les tengo un sincero cariño. Me encante ver como se desenvuelven y evolucionan para darse cobertura unos a otros. En el fondo son una familia de tipos listos, los muy granujas.

 

Vuelvo a la lectura, pues si algo se aproxima, esta panda da la voz de alerte al segundo. Transcurren no menos de quince minutos y, de repente, un silencio sepulcral lo invade todo. Se acabó la fiesta. Oigo tronchar una rama. Rápidamente me asomo. Nada, ¿rondará un guarro?. Me quedo con las ganas de saberlo. Nada.

 

Entonces alzo la vista, algo deslumbrado por los últimos rayos del sol que traspone por la loma de enfrente, y lo veo… vaya zorrazo. Baja por la loma, medio oculto entre unas pajas y pequeños pinos, he visto su cabeza un instante, me ha parecido grandísimo; me separaban entonces ciento veinte metros aproximadamente.  A este si que le hago una foto, y luego le suelto la saeta como mandan los cánones, me digo.

 

Pero, hay amigo, ha llegado al sopié y se ha descubierto, lo tengo a unos ochenta metros. Ahora si lo veo, aún a contraluz, proyectando su alargada sombra hacia mi postura. Ese caminar flotando, la cabeza a media altura, cola mediana… me hacen dar un respingo. Instintivamente tomo el arco en las manos. No puedo creerlo, pero es tan cierto como su alargada sombra. ¡Es un lobo, un precioso lobazo solitario.!

 

Se acerca confiado hacia el aguadero. EL sol se ha metido y ahora veo su pardo oscuro pelaje de verano con toda claridad, las rayas negras marcadas en sus tibias delanteras me confirman su linaje. Simplemente estoy absorto contemplándolo, no puedo hacer otra cosa. Algo mágico ha envuelto el entorno. La luz, el silencio, el señor del bosque, imponente. Se para a no más de veinte metros justo delante de mío y, atravesado, mira hacia mi escondrijo. Cruzamos, o eso creo, nuestras miradas. La añeja profundidad que desvelan sus ojos penetrantes  me transporta a esa antigua alianza que una vez existió entre ellos y nosotros. Sólo puedo admirarlo. El tiempo se ha detenido.

 

Sabedor de su supremacía en el pinar sacude con calma su cabezota en un par de ocasiones y, finalmente, tras un par de minutos, que para mí se convierten en horas, se retira igual que había venido, silencioso, flotando, sin delatar su presencia. Me quedo un tiempo ensimismado saboreando este inesperado encuentro. La secuencia de imágenes se repite en mi mente una y otra vez. Doy por concluido el aguardo. Me siento afortunado. Sé que soy afortunado. Salgo del blind con una amplia sonrisa y una extrañísima sensación de paz.

 

No hay duende, claro, no hay foto, claro…La sombra del lobo es demasiado alargada.

Ramón Menéndez-Pidal.

 

 

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