Guardad la retaguardia

Dicen que las decisiones a golpe de latido siempre muestran la verdadera pasta de la que está hecha nuestra alma. Puede ser impulsiva o fugaz, loca o cómica, valiente o amable.

Pero caben mil combinaciones más. Todas propias del ser humano. Todas propias del hombre que es lobo para el hombre.

Quedaos en retaguardia cuidando que las siembras espiguen bien, que la paridera de gabatos arrive con júbilo y con esperanzas de futuro. Limpiad las cunetas para evitar las riadas, quemad los restos de poda y no olvidéis desparasitar animales mansos y bravíos. Rematad esos barbechos que aún no estén levantados para que la primavera no entre y emboce todas las rejas.

Que se cambia de estación en un año más con la sensación de que en poco tiempo ya lo hemos vivido todo…

Aún tengo el tacto de las riendas de Talibán, el sonido de sus cascos sobre el asfalto del amanecer madrileño donde teníamos una cita con el destino. Y creo que el sabor de ver a una legión de bravos trabajadores escoltando la Castellana, hacia que el corazón -ese que rige los rumbos de mis vientos – bombeara con más fiereza que una legión de alanos.

Rugió Madrid en boca de medio millón. De medio millón de almas. De pulmones cansados de soportar mentiras y desplantes. De que nos dirijan unos mierdas que no saben diferenciar una encina de un seat Ibiza. De una panda de chupopteros que son expertos en hablar de lo que no son capaces de descubrir y mucho menos de disfrutar.

Y partimos ya a esa cita con la vida rumbo a una frontera lejana aunque a un par de días de trayecto. Vamos un batallón inmenso, representado por dos puñados de hombres. Pero llevamos en nuestra alforja tantos rezos, tantas ganas y tantos arrestos que a todos los que nos siguen llamando para ofrecer ayuda les decimos lo mismo: Sólo te puedo pedir que guardes el castillo como la viña la guarda el miedo. Aguanta como centinela y no te detengas nunca ante el palpitar de tu corazón, que si late rápido te hace gritar de euforia. Pero si se te detiene un segundo, te hace emocionar hasta el sollozo.

¡¡Vamos España, vamos palante!!

M. J. «Polvorilla»

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