GARROCHISTA Y MARISMEÑO

A Salvador Basagoiti. A María Teresa Sánchez de Ibargüen.

A los dos por igual.

 

Dicen que hay tantas formas de rezar como diferentes seres vivos acoge la selva. Dicen que cuando uno se santigua puede hacerlo de tantas maneras como pensamientos puede albergar un alma libre. Dicen que se puede ver a Dios en tantos lugares como lugares tiene el  mundo entero. Y dicen -todos los que dicen lo anterior- que la marisma es el escenario donde más diferentes animales habitan, donde más pensamientos puede albergar la persignación o donde Dios jamás pasó de visita, pues despierta aquí todos los días.

Esos caprichos del destino que nos mueven como peones en su partida de ajedrez. Estoy en las Marismas del Guadalquivir, donde mis sentidos se multiplican y mis sentimientos y recuerdos también. Es un momento especial, no sé si será el último de todos o el primero de muchos. Pero sé que mi paso por el Coto del Rey no es asunto baladí.

Ha sido la inercia del corazón la que me ha llevado a encajarme en aquella planicie, donde no hay atalayas ni cuerdas, ni umbrías frondosas ni barrancos imposibles. La marisma y las arenas abarcan tanta inmensidad como inmensa es la obra de Dios.

Voy a lomos de Chicote, que guarda bajo sus tres sangres tanta furia como nobleza reflejan sus actos. Es un caballo marismeño, terciado en talla y con arrestos, de esos que la vida le otorgó con doble ración. Me acompaña un jinete, siempre anónimo, de gorrilla calada hasta las cejas, garrocha en el antebrazo y mirada rasgada por los muchos años pateando aquellos humedales. La marisma da a sus habitantes el don de la observación, de la cautela, de la despereza perpetua. Porque si en el campo las labores se hacen lentas, aquí doblemente lentas son pues se trata de contener el avance del mundo que ya corre desbocado, para intentar sujetar la rienda de esta globalización donde se ha perdido todo lo auténtico, lo tradicional y lo hermoso como son las faenas de campo más antiguas de todos los tiempos.

Tranqueamos al paso, pues las arenas y sus pinares invitan a permitir que el frescor de la mañana nos meza con su relente. Una piara de cochinos cruza ante nuestros mosqueros. Venados y ciervas también, de retirada de su noche de ronda, al descanso del encame y su sesteo. Charlamos bastante, aunque apenas crucemos palabras. Mi amigo es uno de esos amigos que puedes tener al lado durante horas sin necesidad de abrir la boca. Es uno de esos jinetes marismeños que dice más con los ojos que con sus labios.

Vimos gamos, zorros, liebres. Vimos espátulas, garcetas y patos. Vimos el cielo y la marisma fundidos en la misma línea de horizonte. Tranqueamos, tranqueamos toda la mañana. Y de pronto en mitad de ninguna parte se arrancó un becerro con varios meses de vida, veloz como veloz es el tiempo cuando se está en el paraíso. Mi anfitrión salió tras él, mandándome colocarme a su izquierda para ayudarle a derribar el animal y poder así identificarlo.  Le dejamos correr, mientras los caballos -esos animales que han hecho al hombre conquistador y al más cobarde valiente- le siguen veloces sorteando cardos y almajos. La calma de la mañana se convertía ahora en adrenalina para nuestros corazones, sangre para nuestras venas, vendaval a nuestros pulmones. La carrera era veloz, veloz como mis pulsaciones en aquella efimeridad. Había que cuajar la faena, había que asegurar el disparo, había que “hacer el becerro” como dicen los garrochistas. Y cuando la carrera se hizo constante y aquerenciada, me ordenó adelantarme para ponerle en suerte la res y montando el palo desde lejos -de espalda izquierda a derecha, pasando sobre las orejas de su caballo- colocó con certeza la puya sobre la penca del rabo y, en comunión con su montura, derribaron al animal que rodó por la marisma. El becerro se repone, hay que darle otra más. Entendí cómo había que hacerlo, repetimos la escena -un servidor amparando, mi maestro soltando- y de nuevo dio otra echada al bovino que se quedó tendido, entre agotado y conmocionado, sobre los almajos marismeños. Con pasmosa velocidad el jinete desmonta, pasa el rabo entre las dos patas del becerro, se sienta sobre sus ijares y, en menos de lo que tarda en santiguarse un cura loco, echó dos lazadas a su víctima de mano y pie contrario, para dejarla trabada y así poder proceder a la faena que sea menester. Con nula fuerza y toda la maña del mundo, fui testigo directo de una faena campera que lleva haciéndose desde que el mundo es mundo. Y aquel olvidado grupo de hombres que representa mi amigo y que generan la escasez, seguía manteniendo para seguir enseñando a un reducido número de afortunados.

Se acercó a su pequeña alforja y acrotaló al animal tras identificarlo, sexarlo y reconocer que estaba en perfectas condiciones. Lo destrabó y lo dejamos ir en paz.

Vamos camino del cortijo, a golpe de mosquerazo, con los palos al hombro. Me siento uno de esos hombres de aquellos lares, me disfrazo de ellos, pues la envidia sana de no saberme del entorno me lleva a meterme en un papel de fantoche que sé que nunca podre protagonizar. Pero voy con Chicote con la garrocha al hombro, me calo mi gorrilla imitando a mi compañero, aunque la mía va desnuda pues la suya luce una reluciente Medalla de la Virgen del Rocío. Los jinetes vaqueros no llevan casco pues “cada uno se protege como quiere” por ello engalanan sus sombreros con insignias de la Reina de aquellos parajes.

Vemos el blanco andaluz del palacio, siempre encalado, siempre deslumbrante. Nuestras monturas animan el paso con la querencia cuando se arranca de nuestros pies otro becerro que estaba oculto y que sale veloz huyendo de nosotros. Iba sin crotales y era -si cabe- del mismo tamaño o mayor que el anterior. Salimos veloces, veloces tras él, que intentaba zafarse pero aquello era demasiado real como para no intentarlo. El maestro me da orden, esta vez a la derecha, a soltar. A ser el protagonista de una música que nunca había bailado. Me puse nervioso, pues el lanceo es locura y desenfreno, y su fin causar la muerte de un fiero cochino. Pero el acoso y derribo exige técnica y elegancia, exige derribar sin dañar pues es una faena con el fin de tentar, de atender o tratar al ganado, no de causarle perjuicio. Estaba seguro de que nunca lo conseguiría… Pero galopamos, galopamos como galopan las tropas que van a batirse, estribo con estribo, hablándose, sin dejar que el corazón supere a la cabeza. El becerro se iba haciendo, ya iba un poco más cansado. Mi maestro esta vez era amparador, se colocó en el ojo del becerro, me dio la orden directa mientras me imperaba:

¡ábrete más! ¡El palo sujeto al lado del corazón!

Apunté, dispuesto a fallar o acertar, pero ciego a arriesgarme porque eran tantos los sentimientos que la propia marisma quería hacerme uno de los suyos. Chicote sabía perfectamente cómo actuar, cuando estuvo en posición, avanzó tres trancos con fuerza y la garrocha se pegó al cuello del caballo mientras el becerro daba una voltereta. No me lo creía. El ternero se repone, sale de nuevo dispuesto a huir… Y esta vez sí, esta vez dejé que mi amparador se colocara perfecto, monté el palo de izquierda a derecha, pasando por las orejas de Chicote, santigüé la garrocha, porque no está prohibido rezar en todo momento. Apunté con la puya a la penca y entoné la oración que entonan los garrochistas en las marismas del sur al compás de un caballo metiendo riñones  que hizo voltear de nuevo al becerro.

Y para terminar mi rezo, salté del caballo con un trabón, imitando la faena de mi amigo minutos antes, rodilla en ijares y lazada hecha. Lo acrotalamos y señalamos para dejarle volver a la marisma.

Caí en la cuenta cuando ya me fui. Mi gorra se había perdido en aquel momento de éxtasis en la inmensidad de la marisma. Me daba apuro decirle nada a mi anfitrión para evitarle la molestia. Quizá era mejor así, porque sin duda la marisma se quedó con algo grande de mí.

Cuentan por aquellas tierras que frente al Palacio del Coto del Rey un jinete extremeño dio su primera echada a una era la marismeña. El más loco de todos los cuerdos o el más cuerdo de todos los locos. Cuentan que días después encontraron su gorra, junto al Lucio de las Yeguas donde una pelota de gamos estaba tendida al sol disfrutando del atardecer. La gorra estaba intacta y le fue devuelta a su dueño. La recibió en su casa con una nota del anfitrión.

Abrí el paquete, contento de recuperar mi gorrilla campera. Al examinarla me dio un vuelco el corazón: una medalla de la Virgen del Rocío engalanaba su costado. Ahora sí, me sentí protegido de verdad. Me sentí bautizado. Me sentí garrochista y marismeño.

 

              M.J. “Polvorilla” 

 

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