A Borja Arteaga, de esos escasos que abordan con sonrisa perpetua.

 

Plaza del pueblo de uno de las tantas villas que viven en nuestra España. Doce del medio día. Día templado, algo encapotado, con poco aire y una chispa de bochorno. La media docena de centenarios aguarda la hora de echar la partida esperando a que nada pase en uno de los bancos del parquecillo. Me detengo. Saben que soy forastero, como saben en esos pueblos todo sobre todos.  Bajo la ventanilla. En piara vienen a la carrera para satisfacer sus curiosidades y las mías…

Buenos días, ¿no hay un hombre viejo que hace aperos de cuero? Se pelean por coger sitio en el cristal y exponer sus indicaciones. Por supuesto en estos casos hay que fijarse en la dirección que marca la mano, nunca la palabra, porque dicen “a izquierda y con la mano señalan derecha”. Allá, en la segunda bocacalle, a mano izquierda, enfrente de un solar caído que tiene un burro amarrao y dos galgos secos como espadas….

¿Dice usted donde está aparcada la C15 aquella colorá como los carrillos de una moza? Los abueletes se sonríen por la sorna y me sueltan un “Sí, pero depende de si la moza viene o va para el huerto…”. Dan un golpecito suave en la puerta y se lo agradezco con un “vaya usted con Dios”. Cómo me gustan los pueblos de mi tierra, sus gentes y esos hombres viejos que saben rebotar cualquier vacile.

Le sigo los pasos a un guarnicionero de casta y maneras viejas, le dicen el Calambre, por lo nervioso de su carácter. Me lo imaginaba seco, menudo en talla, de manos curtidas y con un sempiterno cigarro en los labios… Arribé al local por las indicaciones del frente de juventudes. Allí estaba el Calambre, gordo como un tejón, sentado en una silla de eneas. Medio descamisado, mellado, con una gorrilla gastada, manos fuertes, antebrazos más fuertes. Tendría –tiene- 87 años. Tuvo que ser macizo como un roble. Y recio.

-Buenos días tenga usted.

 Me miró de arriba abajo. Ya le caí bien porque sonrió y sabía que esa mañana iba a tener batalla de las que le divertían. Pero no apartó demasiado su vista una cincha de librillo que andaba remendando:

-Que yo los tenga muchos años y tú mozo los veas con alegría.

-Lo de mozo se agradece, pero ya llevo casado un puñado de tiempo y siete zagales tengo… Le solté con guasa. El Calambre me miró por encima de las lentes, torció el gesto y me suelta: tú casado no andas, ni ajuntao, pero lo de los siete zagales sí me lo creo si acaso porque no conozcas a ninguno… ¡Toma ya! Agüita con el colega. Ni los nombres nos habíamos dado y ya el mamón me había hecho el escáner.

Me presenté: Me llamo Julián López Escobar, aunque usted me conocerá como “el Juli”. Se sonrió de nuevo sin levantar la vista de su faena acusando la broma y me suelta: mira muchacho, tipo de torero sí que tienes y hasta diría que eres uno… pero a mi Juli no le llegas tú a la suela de las manoletinas…

¿Y a dónde guarda usted los cencerros para los cabestros? Le lancé sin filtro. Levantó la vista y movió la cabeza, pero regresó a lo suyo como una liebre con oreja puesta en la conversación:

-Allá, debajo de aquella mesa andan unos pocos y están tapados con una lona. ¿Qué vas a hacerle un regalo a la moza? Me soltó en mamón con picardía.

-Sí, unos pendientes. (Toma ya).

-Pues si es para eso, coge los que quieras que te hago buen precio por si además de a la moza quieres congraciarte con la suegra.

¡Para esa vaca vieja necesitaría yo un hierro forjado para marcarla a fuego! (Risas)

Total que la mañana corrió como la espuma. Que si me llevo cien, que me baje el precio, que me regala el marcaje de los collares y que los badajos son de encina siberiana. Que mire usted Calambre que Dios me hizo guapo pero no rico, y mira chaval que pobre no eres y que estos cencerros son los mejores de la comarca…

Estoy a punto de cerrar la compra pero tengo que sacarle a este hombre algo, lo que sea, porque es parte del juego. Ando dubitativo cuando junto a mi veo un botín de cuero impecable, cortado y cosido a mano, descansaba a que viniera su ceniciento para rescatarlo. Mire usted, si me echa en el lote las botas éstas, lo cerramos ahora mismo. Me mira, suspira y dice:

-Pues me las mandó hacer un señorito a mano de la zona de Córdoba hace años y el cabrón nunca apareció. Si te queda bien para ti, de regalo, pero tenemos que darnos la mano antes.

Me puse el botín, me quedaba perfecto, como un guante. Me acerqué al “Calambre”, firme, disfrutando del tacto de su obra de arte. Le alargué el brazo, le tendí la extremidad y cerramos con un apretón sincero.  En dos semanas recojo el encargo.

-Por cierto Calambre, ¿y el otro botín?

-Hace lo menos 5 años que se perdió… Por eso no he tirado la que llevas puesta, con la esperanza de que aparezca debajo de cualquier caja.

Me quedé con el gesto desamparado, con orejas de conejo y rabo entre las patas; me acababan de dar una colleja por novato:

-No te quedes así, zagal, que si me encargas otro ciento de cencerros… ¡Aún tengo manos para hacerte la otra…!

                                                                                                                                                                                                      M.J. “Polvorilla”

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