A Raúl Sánchez de Castro
A Pablo del Guayo
A Laureano de las Cuevas
A Ignacio Ducay
A Alejandro Palomares
A Andrés de la Cal
A Miguel Angel Cordero
A Angel Muñoz
A José Javier González

En estas larguísimas horas donde el retrovisor va tragando innumerables líneas discontinuas de autopista, donde las paradas se cuentan por depósitos de gasoil y las distancias por dobles turnos de trabajo… En esta aventura tan fugaz como fructífera donde hemos querido premiarnos con el mal sabor de boca de una realidad vestida de caos y rebosante de amargura…

Volvemos de retirada y, si me lo permiten, me da la sensación de que estoy terminando una montería; voy de regreso con mi agotado Talibán, ambos dos llenos de marcas en las manos, dolor de espalda por los esfuerzos y la boca seca, muy seca, por la angustia de la jornada y una sensación agridulce. Por un lado sé que hemos dado todo de nosotros. Por otro el resultado me habría gustado que fuera distinto. Cuánto ego alberga el corazón humano que con todo se conforma y con mucho reniega…!

Y esto, si me lo vuelven a permitir, es muy parecido; hemos entregado el alma y la sonrisa a cada vuelta de rueda del trayecto. Hemos hecho chistes de cada memez y buscado la suma en cada resta. Hemos cumplido como soldados más allá del deber puesto que hasta pisamos suelo ucraniano para cerciorarnos de que las 7 horas de descarga de material humanitario las llevamos a cabo con nuestros diez pares de pantalones, con la motivación del trabajo en equipo y de que al otro lado de aquella alambrada militarizada estaban unas almas necesitadas de todo ese cargamento que fue donado íntegramente por la generosidad de los cazadores españoles.

Necesitábamos saber que tras la frontera estaba la verdad de una ayuda humanitaria. Y apareció nuestra amiga Olga, de ojos tan azules como pasados a guillotina por el horror.

Olga, que se llama como mi madrina, no entendía cómo una decena de voluntarios se había personado allí gratuitamente, para llevar tamaña cantidad de elementos necesarios para la subsistencia. No le cabía en la cabeza que esos perfectos desconocidos hubieran tragado 3.700 kilómetros de asfalto para seguir manteniendo la sonrisa y el compadreo en todo momento.

Se quedó petrificada al saber que no éramos una de las muchas ONGs que allí operan de manera efectiva y organizada, ni de ninguna plataforma con ente jurídica, ni que fuéramos libres a semejante barullo.

Fue Raúl, ese ángel atrapado en el cuerpo de un gladiador, el que respondió :

-Somos cazadores. Y somos españoles.

Nos llevó a visitar las alcantarillas, el barro, el basurero que apesta en toda esta mierda. Madres de cristal con niños que te miran y te roban alma.

Pudimos seleccionar a seis, cerrando los ojos al no llevarnos a seis mil. Olga nos ha acompañado junto con la policía a las dos furgonetas. Me dio un emotivo abrazo tras estas horas de blindada amistad. La policía insistía preguntando que a qué organización pertenecíamos. La respuesta era la misma:
-Somos cazadores. Y somos españoles.

Nos preguntan que de dónde hemos sacado toda la ayuda humanitaria (casi 80 toneladas) que ya ha llegado a destino al pueblo de Lutsk, donde el campo de refugiados le roba horas a la vida para no ser bombardeados. La respuesta fue directa :

-Todo ha sido entregado por nuestros amigos cazadores. Sin excepción.

Olga nos miró emocionada y respondió :
-Pues tenéis que tener muchos amigos…

Se paró el tiempo. Fue el único segundo donde algo se me encogió ante toda aquella barbarie.

Me sentí profundamente orgulloso de ser cazador y español. Y puedo jurarlo ante Dios.

Viva España!
Vivan los cazadores españoles!

M.J.»Polvorilla»

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