Qué desorden tan caótico, qué locura mundanal de coches, cabras, carros, burros y moros… No se salva ni uno. Todos cortados por la misma guillotina. Asia huele a borrego y a té. Huele a alfombras, a polución en las urbes y a aire puro en las cumbres. Asia es la locura donde todo lo bueno o lo malo te puede asaltar a cada paso. Odio Asia, la odio tanto que no puedo olvidarla… Y sin ella no puedo vivir.

Desde pequeño sueño con ese cabro que tiene los cuernos mirando al cielo en forma de espiral. He soñado con él tantas veces que, tras haber asido sus dominios, aún sueño más con volver a encontrarlo.

Y el urial soberbio al que arrebaté de la montaña tras sombras de miedo y suicidio reflejadas en cortados sempiternos no fue suficiente. Tampoco el cochino superlativo que retamos a muerte en su encame con dos perrillos careas y un trescientos. Mi admiración hacia mi amigo Enrique que trepaba con más afición y ganas de las que servidor tendría en cien vidas, porque la vida se ve de diferente manera según la atalaya desde la que la admires. Y lo necesario en el mundo real ya no es tan necesario. Y lo importante de verdad lo echas de menos. Te dan ganas de llorar y de reír, de abrazar a los tuyos que están tan lejos, y quieres tocar con los dedos a esos que ya no existen pero que desde aquellas cumbres están más cerca… Asia te saca el alma y el espíritu. Eres su marioneta y te mueves a su antojo.

Asia es para los que la desean, para los que no están dispuestos a caer al primer golpe, para los jinetes valientes de mirada abrasada por el sol, de semblante altivo, de corazón fuerte y de pies ligeros e inagotables…

Asia… Nunca pensé que me dieras tanto sin darme nada al descubrir que lo importante de verdad es el abrazo de un amigo, la felicidad la familia y el jamón ibérico con vino tinto. Te odio y te quiero a la vez…

Ahora que nadie me oye he de confesar que en aquella cumbre cerca del Reino de Dios, mientras caminaba amparado por un cortado vertical, el guía señaló al suelo, se agarbó como un milano y me mostró las huellas de un animal desconocido y perseguido desde mi nacimiento. Con su idioma inteligible me descubrió su nombre: markhor… En silencio acaricié las huellas. No tenían rocío. Eran de hacía minutos… ¡Vamos! Me gritó algo en mi interior. Y en silencio atronador de la montaña, una mañana invernal en alguna sierra infinita del mundo, seguimos tras él…

 

M.J. “Polvorilla”

 

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