Reviso de nuevo el fundamento de derecho segundo de esta sentencia…de pronto, entre este y el tercero salta un corzo que rasga el papel a la velocidad del rayo. Lo pierdo viendo su blanco escudo dibujar cabriolas entre las negras letras que invaden mis pensamientos. Era un macho, seguro, probablemente de tercera cabeza. De cuerna larga, no muy grueso, de rojo pelaje veraniego…A pesar del aire acondicionado del despacho, hace calor. El tórrido verano se ha hecho presente de golpe, sin avisar, confinándonos sin imposiciones legales.

 

El corzo sigue su alocada carrera buscando el frescor de lo espeso y yo sigo con mi tarea de leguleyo, pero lo he visto; tan nítido y claro como la alegría que me llevo al ver que Su Señoría nos ha dado la razón en este espinoso asunto. Otro se alegrará más que yo.

 

Poder soñar despierto es algo que nos ocurre muy a menudo a los cazadores. Evocamos pasadas escenas, recreamos otras, inventamos, despiertos, lances que no se han producido y que no se producirán jamás. Pero el sueño es reparador, preciso, emocionante, creativo, reafirma nuestra afición, mi pasión, por la desconcertante naturaleza a la que siento pertenecer desde hace lustros.

 

Ese sueño de niño, cuando aún era un imberbe chaval, y me sentía como el Tarzán de los monos de la tribu de los Manganis que creó de otro sueño el genial Edgar Rice Burroughs  y que yo devoraba con avidez en cada uno de los libros de la serie, cada vez que solo me adentraba por los bosques al pie de mi montaña en la zona de veraneo familiar, imaginando dar caza a sus ignotos moradores, con los que en raras ocasiones me topaba durante mis correrías. Ese sueño que se fue cumpliendo según me iba convirtiendo en el adulto que hoy escribe estas líneas y la edad legal me permitió llevar a la práctica sobre nuestras grandes piezas, pero que no ha dejado ni por un instante de soñar, soñar despierto, con imaginarios lances y bellos animales que no cejan en asaltar mi conciencia a su antojo.

 

A veces, maldigo que el sueño real me robe el imaginario y me lleve a otros escenarios que no comprendo, que no deseo, que me inquietan y agitan mis seguridades y mellan mi paz interior. Prefiero moldear a mi antojo la ensoñación del despierto, que tanto bien me reporta, que enfrentarme dormido a los recónditos pliegues de mi cerebro que crea muchas veces encabritadas ilusiones al albur de su tremenda capacidad creativa que en modo alguno puedo controlar.

 

La vida es sueño. La caza es sueño. Un mágico sueño que hacemos realidad en el mismo instante en que nos fundimos con la naturaleza en un abrazo difícil de explicar. Un mágico sueño que nos permite dar sentido a nuestras vidas con una solidez, diría, que fuera de lo común. Que el sueño de la razón nunca nos hurte el de la imaginación. Que no corte nuestra capacidad de crear allí donde estemos, por minúsculo que sea el instante, el imaginario lazo que nos liga por nuestro ser cazador a nuestro verdadero hogar, el campo y sus “gentes”, como Dersu Uzala denominaba a sus moradores.

 

No creo que exista un solo cazador que no sueñe en vela, bien abiertos los ojos, en clave de imaginarios encuentros con las piezas que perseguimos. Nuestro sueño les confiere vida propia, les cede un concreto espacio físico, geográfico, le otorga forma, tamaño, color. Una razón más para seguir viviendo. En contadas ocasiones imagino que esa cita termina con la muerte. En la gran mayoría de ellas huyen a sus imaginarios destinos, regalándome la belleza de sus formas.

 

Somos soñadores por naturaleza los cofrades de San Huberto. Soñar es gratis, soñar es bueno, soñar es real, como la vida misma; porque un sueño es la vida y los sueños, sueños son.

 

Una cabezada me devuelve de golpe a la realidad de la noche, casi me rompe el cuello. Leches. Habrán sido unos segundos, que se han hecho eternos, quebrando la dimensión espacio tiempo. Mi línea de vida me protege de indeseados sueños que podrían derribarme de mi atalaya. A pesar de las horas, el reloj marca la 1,30 a.m., el pertinaz calor no se ha ido. Justo en ese instante oigo quebrarse una rama a no más de 20 metros de distancia, percibo el bulto negro que muy despacio avanza entre las sombras…sujeto mi arco con firmeza…ya llega…I´ve got a dream.

Ramón Menéndez-Pidal.

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