Peñas Arriba

LXC | Locos por la Caza. By RAMON MENENDEZ-PIDAL.

Otro paso más. Mis viejas botas se agarran a la ladera como pueden. Han envejecido conmigo. Serviciales compañeras de intensos momentos de fatiga y esfuerzo. La mella de la roca, como a mí, no les ha dejado indemnes. El dibujo de su suela se fue diluyendo, como la vida, por el paso del tiempo, dejando su impronta por caminos que nadie más recorrerá. Me apena tener que sustituirlas tras dieciséis años de servicio, cambiarlas y destinarlas a fines menos agresivos. Nada dura eternamente.

Miro hacia arriba buscando las grietas de la cumbre de “mi montaña”. Surcos que me permitirán alcanzar la cima que deseo, pero aún queda. Todavía no ha amanecido. Mis cuádriceps demandan una parada que mi corazón no está dispuesto a conceder. El tiempo marca los ritmos.

El sol aún no ha asomado por la cara este y el fresco de la mañana es toda la gasolina extra que preciso para no cejar en el tajo. El camino sólo se hace dando un paso detrás de otro. En esta época del año la temperatura no da tregua. Una hora de retraso supondría una carga indeseable, un tropiezo añadido que podría llevarme a abortar o a exprimirme más allá de lo razonable. Hoy no. Se lo debo a mis viejas botas, les rindo así el último homenaje antes de jubilarlas. Si pudiesen hablar intuyo que me apremiarían para retirarse con todos los honores.

No vamos de caza, pero con cada paso, en cada pisada, mis sentidos se alertan prestos a descubrir alguna especie que me permita soñar con un imaginario lance que jamás acontecerá, pero que haré propio. La hora es buena. Los cochinos andarán revolviendo los últimos retazos de tierra fresca antes de ir al encame. Los corzos, ya desperezados, estarán a lo suyo buscando alguna compañera a la que sujetar para transmitir sus genes. En la cumbre me toparé con las cabradas.                                                                                                  

El regato del barranco lleva aún una corriente de vida cristalina de no más de una cuarta de anchura. Suficiente para saciar la sed de los moradores de este valle abrupto y para permitirme hundir en sus entrañas mi descolorida gorra que de vuelta refrescará mis ideas manteniéndolas intactas. La vida es dura en esta época del año, pero si la buscas en la horquilla de tiempo precisa bullirá ante los ojos con todo su esplendor.

No me equivoco. Un traspiés incontrolado y la piedra se desgaja de su cama dejando un hueco en la tierra para salir rodando trocha abajo unos pocos centímetros, los suficientes para que el capreolus capreolus me vuelva la espalda metros arriba y dé una carrera enseñándome la tarjeta blanca de despedida bien extendida acompasada de una sonora bronca compuesta de estridentes ladridos. Macho… estás expulsado del partido. No puedo evitar sonreír y respirar hondo. Tiro hacia arriba.

Las gotas corren ya por mi espalda. Mi organismo está empeñado en mantener su temperatura corporal en los niveles necesarios y al hacerlo me libera de mis preocupaciones, de mis miedos y tensiones. Me siento abrazado por mi montaña, por una naturaleza que me acoge sin pedirme nada a cambio, acaso sólo respeto, como hace miles de años debió de acoger a otros sapiens como yo que moraron a su abrigo.

Al pie de la cima la pareja de perdiceras me recibe con un gutural grito, “la voz del águila” dicen los cetreros, que provoca que mi pelo se erice de nuevo al hacerme cómplice de su salva de libertad. Contemplar su reverso blanco ribeteado de negro me infunde una tremenda alegría. Un año más han vuelto de áfrica para establecer su nido en el farallón rocoso que domina completo el valle. Su cazadero.

Me queda poco. Un último esfuerzo y culminaré un rápido ascenso de 750 mts de desnivel, a pico. En la cumbre me da la bienvenida una espesa niebla a la que acompaña un viento demasiado rápido que me obliga finalmente a tirar del jersey que llevo anudado a la cintura. No se ve nada, como tantas veces les pasa a nuestro corazones, la espesa niebla no nos deja ver con claridad y nos sume en un mar de incertidumbres. Solo hay que saber esperar. De eso se algo, de esperar. Me lo tomo con calma pese al intenso frio y me siento en una improvisada silla de piedra resguardado del furibundo vendaval. En pocos minutos el anciano sol cumple con su destino y disipa ese tenebroso momento devolviendo la claridad que ansío. Sólo hay que saber esperar….

La belleza del momento es difícil de describir. Lo que creía una roca a escasos metros de distancia resulta ser un machorra de cabra hispánica. No me tiene miedo alguno. Se acerca a pedirme comida. Pese a que contemplarla tan cerca provoca en mí un algo mágico, no puede dejar de sentir una enorme pena. Un animal profundamente salvaje cercenado, privado,  de sus instintos. ¿En qué estamos convirtiendo a parte de nuestra fauna?. Me vienen a la mente escenas de mi niñez y escucho al abuelo de Heidi hablar con reverencia del “Señor de las Cumbres”. Un golpe de nostalgia y tristeza me sacude irremediablemente. ¿Lo habremos convertido en esto?.

Me cabecea por tercera vez y, como Pedro, el apóstol, después de negarle otras tantas, me arrepiento y comparto con ella la mitad de las cuatro ciruelas secas que llevo en mi parca bandolera junto con algo de agua. Mansamente las toma de mi mano. Sé que no está bien, pero es lo que hay.

Tras extasiarme con la vista por última vez, me incorporo. Toca bajar. Tengo que hacerlo rápido. En hora y media. Mi amiga se queda a la espera de otro tonto que le llene el estómago.

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