Este fin de semana tuvo lugar la tradicional montería del Real Club de Monteros, este año en Villatoro, a pocos kilómetros de Ávila.  Como ya es costumbre en esta cita anual, la mancha estaba perfectamente cuidada y preparada.  Cada detalle, desde las tarjetas de los puestos, el mapa de las armadas, el orden en el sorteo, los tarjetones con la salve montera, incluso un librito con normas de seguridad, todo estaba preparado minuciosamente y observado cada detalle.   Como es tradición, la víspera del día de autos, se realizó la ya tradicional cena en la que reinaron la camaradería y la amistad y los nervios durante el sorteo.

Nos citamos a las 9 de una gélida abulense mañana en las inmediaciones de la finca, observando un cielo oscuro, plomizo, neblinoso y húmedo.  No podíamos divisar las cotas altas de la finca por las nubes que amenazaban con nieve o incluso ventisca.  Me tocó en gracia el 6 de una cuerda larga en forma de ese con 18 posturas.  Tras las migas, razonables pero no las mejores que he probado, llegaron los avisos y recordatorios a cargo de Miguel Ángel, brevemente interrumpido por el guarda de la finca que nos anunció el frio extremo de las cotas altas, rematando la frase con un: “abríguense que luego no quiero ir yo recogiendo gente con problemas”…

El camino al puesto fue precioso pero cada curva acongojaba mas al personal de las armadas altas.  Nieve fresca recién espolvoreada por un precioso robledal, dando paso a un paisaje pelado con zonas de abundante retama congelada y casi tumbada por el constante viento.  Aparcados los coches, comenzamos el descenso por la cuerda, en silencio, casi en procesión, uno tras otro, los moteros íbamos colocándonos en la suerte de puestos que nos habían tocado.  Llego al 5 y se colocan padre e hijo, Javier el padre y Javier el hijo.  Camino un centenar largo de metros y me señalan mi postura que se sitúa sobre una piedra a un metro sobre el suelo.  Congelada y nevada, pero estable y plana.  Nada mas subirme, descubro que se trata de un promotorio ventoso y expuesto al frio, pero que me permite una buena visibilidad sobre todo a mi izquierda, donde diviso claramente a los “Javieres”.

El viento y algún copo suelto me pinchan la cara pero el verdadero calvario son las manos, que aun con guantes (finos), duelen y se adormecen.  Pasan 20 minutos cuando veo por el rabillo del ojo como cruza una pareja de cochinos de porte medio por la traviesa, Javier ha respetado el paso y yo no los he oído, me encaro todo lo rápido que puedo y lanzo un proyectil del 30.06 en el borde de la traviesa cuando ya encontraban refugio los dos cochinos.  Maldigo mi lentitud y pienso en el lance fallido, y temo que quizás era el único lance del dia. 

Al rato veo a Javier padre que encara su rifle y me hace gestos hacia una pequeña “olla” que se sitúa entre los dos puestos.  No oígo nada por el viento pero me encaro y preparo para lo que pueda venir, cuando salta una silueta de guarrazo enorme, aguanto por estar en una zona poco segura para el disparo, Javier también aguanta y finalmente el guarro pasa a mi lado de unas peñas que casi divide el tiradero.  Disparo algo trasero y el jabalí pierde las piernas traseras, espero a un buen hueco y efectuo un segundo disparo letal que derrumba el guarraco.  Gran alegría, hago un gesto a Javier que me devuelve el mismo gesto.  Bonito lance y admiración por el respeto montero de Javier, Javier Drake, supe despúes.

Poco después, quizás 20 minutos, y ya con la suelta ladrando por el valle inferior, Javier me vuelve a hacer gestos hacia la olla, me preparo de nuevo.  Salta una piara con no menos de 20 miembros, a trote ligero, pero no a la carrera.  Por la tipología de puesto, había elegido mi arma talismán para tiraderos cortos y medios, el Merkel RX Helix en 30.06 con un punto rojo réflex de la marca Leica (modelo Tempus) y munición Hornady con punta Interbond.  Este tipo de óptica me permite valorar rápidamente el grupo mientras estoy encarado con ambos ojos abiertos y elijo ir a por el mas grande, con “cresta”, de porte enorme y una colmillada que se antoja potente.  Realizo el primer disparo quizás adelantando demasiado el tiro y veoque ha ido unos centímetros por delante, recargo rápido y apunto a la zona del ojo y disparo.  El macareno cae desplomado.  Observo que otro mediano, seguramente ha sido alcanzado o por el rebote del primero o del segundo disparo y corre, pero se le ve pegado, le pongo el punto rojo sobre el hocico y disparo, cayendo fulminado.

Llega la rehala y se engancha con el primer guarro, grito varias veces “¡Muerto!” pero hacen oídos sordos, por lo que, avisando a los Javieres, me acerco con la canana y el cuchillo en la mano.  20 perros tienen bien trabado al guarro que, estando muerto, resulta un festín para los perros.  Intento ahuyentar a los perros, pero hacen caso omiso, me pongo encima del guarro y aiero la canana como si de un látigo se tratase, ¡“vamos! Fuera! Muerto!” sueltan al guarro, pero se me encaran enseñando dientes y gruñendo.  En ese momento, aun no siendo perrero, o demuestras cierto mando y mantienes el envite o te retiras y asumes el guarro perdido, así que, subo el tono, gritando más, y decido abrir los brazos y “empujarlos”, no sin cierto miedo.  Se retiran, pero quedan tres que no abandonan tan fácilmente.  Al ver al perrero acercarse, vuelvo a mi postura.  El perrero trata de echarlos con ramas, pero están muy encelados y no ceden fácilmente.

Poco después aparece una corza recorriendo la armada por nuestra espalda, me pasa a escasos 2 metros, bella, ligera, armoniosa.  De la piara otro mediano ha quedado agachado y por el ruido de la corza, salta al cortadero, de nuevo, le dejo cruzar hasta casi el borde opuesto y disparo, cayendo fulminado justo en el borde de los sucio.  Oigo ladras a mis espaldas y veo escapar a lo lejos, en un claro, un par de parejas de marranos.  El mismo claro se ve que es vía de escape y veo unos cuantos guarros mas escapar de manera aislada, varios sin perro acosando.  Veo al postor subir por la armada y descargo y recojo el puesto queriendo ir a ver los guarros.  El que estaba siendo machacado por los perros ha resultado ser una guarra de gran porte y boca colmilluda.  El de la cresta es un buen macho con una boca muy interesante y los otros dos, resultan ser guarros de no mas de dos años de edad rondando los 60 kilos y sin bocas.

El ascenso al coche resulta lento y un rompepiernas, pero las descargas de adrenalina y los éxitos, allanan el terreno.  Subo con los javieres y vamos preguntando por los puestos, casi todos han visto guarros aunque no todos han podido tirar respetando los visos.  Llegamos al coche y hacemos el descenso rápido.  Llegados al restaurante (abortamos por el frio el almuerzo en la finca) repartimos abrazos y enhorabuenas, y aprovecho para charlar con Javier y relatar como mis aciertos son sus méritos: por su buen hacer montero avisando al compañero y por respetar los lances, los pasos, los visos y las líneas de seguridad.  Una lección de caza para su hijo Javier, en la que su padre ha demostrado ser un montero de Ley, como deberíamos ser todos los que nos llamamos monteros.

La alfombra arroja mas de cuarenta guarros, varios de ellos con bocas tremendas.  La suerte ha estado repartida en gran medida por las querencias de escape y paso de los guarros.  Tuve la suerte de compartir buenos ratos con Carlos Vignau y sus amigos a los que no conocía personalmente.  Y como siempre, un placer compartir una jornada de caza con amigos como Jesús, Luis, Jaime, Pablo, Miguel Angel, Moncho (al que la batería de su coche le dejo literalmente “Tirado”), Carmen, Laureano y Jose María (compañeros de las ondas), Tadeo, Juan y muchos….

Una jornada memorable en la que mi suerte y mis premios, fueron gracias a mi vecino de puesto, Javier Drake y su hijo.

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