Acero español, fundido, trabajado, moldeado y ajustado; que bien pudo ser carril para tren, o filo de navaja toledana, pero tuvo la suerte de ser creado para ser cañón y cuerpo de una escopeta. 

Pocos aceros tienen la suerte de ser tratados con tanto mimo y tanta artesanía.  Aun menos son aquellos que son trabajados por manos tan distintas y tan expertas, pero que se aúnan para concebir una joya en la que, con limas, candiles y cinceles, esculpen un alma.

De un árbol que nació donde quiso y creció entre heladas y calores, que albergó nidos y dio cobijo a reses y perdices, de su tronco, sacaron un trozo de su madera.  Ese trozo escondía un corazón sin tallar.  Otros fueron silla, o puerta, pero la fuerza con la que creció, marco la calidad que lo hizo ser digno de ser culata de escopeta. 

El matrimonio entre el metal y la madera siempre fue reñido, no bien avenido y doloroso.  Mas si cabe, si se espera que de este matrimonio haya siempre encaje y se complemente, mezclando fluidez con solidez, belleza con resistencia, metal y madera, madera y metal.

Culatero, basculero y montador obran el milagro del encaje perfecto.  La rígida suavidad, el “cluck” sin retintines, el sonido a campana sin badajo.  La filigrana interpreta esa alma y ese corazón marcándolo, poniéndole cara, haciéndola única, preparándola para que encuentre y sea encontrada.

 

En la armería, el comprador cree que busca, pero en realidad, es la escopeta la que encuentra.  Salen juntos de la armería, uno soñando lances certeros, la otra, con el compromiso de darlo todo a cambio de unas manos cuidadosas.  Ella dispuesta a darle toda su suavidad, también su dureza, a darle recuerdos, a ser fiel compañera.  A cambio solo espera cuidado y aceite.

Compañeros inseparables que emprenden su camino, escriben juntos su historia.   Ambos silenciosos, ambos expectantes, uno necesita del otro, y el otro del uno.  Con los años, ella se resiente de algún arañazo, y el, de algún fallo.  Pero se hacen inseparables, son uno.   

Un nieto o un sobrino, admira en silencio a la vieja escopeta.  Los cuidados, la experiencia y las manos ahora sabias, hacen de ella una joya.   Algún ajuste, quizás un arreglo, cuando vuelve de la armería, está otra vez lista para salir al campo con su mirada negra.  Lo que un día fue una barra de acero y un nogal solitario, hoy son corazón y alma mezclada con sentimiento.  Y es que cada uno deja su esencia en su escopeta.

Madera, acero y sentimiento, esa es la escopeta.

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