Dicen las cabañuelas que este año arrastra lluvias. Que hay montanera abundante y que la berrea y ronca van a cumplir con maestría. Los agricultores han tirado el abono y si las aguas les dejan enterrarán su semilla en menos que tarda en santiguarse un cura loco.

 

Pero hay nerviosismo en la sierra pues a la sierra se va a lidiar toda la fiesta, a hacer el paseíllo, a escuchar pitos y aplausos, broncas al presidente o vítores a los que cortan trofeo. Y luego se despide a los artistas… A la sierra no se va a disparar y no regresar la vista atrás. No se viene de visita fugaz para que no nos cause honda huella. No se puede abandonar un perro herido y es pecado mortal no compartir mesa y mantel con los asistentes.

 

A la sierra la respetamos los que la conocemos. Y sufrimos las consecuencias por el desconocimiento de los que en ella mandan. Porque un puñado de corbatillas han decidido tomar el mando de la ética, cuando han demostrado una incompetencia sin precedentes.

 

Pero parece que la culpa es de mis perros que hoy no cazan con arrojo. O quizá de Talibán que no supo atalayar aquel puntal para dirigir el choque de las manos. O de los monteros que han aguardado meses en sus casas y ahora quieren salir deseosos a respirar campo puro. O a lo mejor de los muleros que han mimado a sus bestias todos estos meses y ahora son culpables de no poder trabajar. O de los guardas que no han cuidado con celoso esmero las polladas de patirrojas o la paridera de gabatos… La culpa es de todos nosotros. De los soldados de a pie. Y de nadie más.

 

Suerte o verdad estamos cansados de unos cuantos que se preocupan de señales de tráfico y de una cruz inmensa, en lugar de poner las pelotas encima de la mesa y pedir ayuda al resto para lograr soluciones sólidas y reales, no escurrir el bulto con un «y tú más». Porque la verdadera cruz que tenemos en nuestra herida España está sobre nuestras espaldas, al tener a nuestros perros acollerados por respeto a nuestro credo cuando todo en nuestro interior nos grita que soltemos los alanos para comernos la sierra maldita que no es otra cosa que a esta panda de miserables que nos gobiernan…

 

Pero sí, la culpa es nuestra. Y aquí lo único que importa son las señales de tráfico y una cruz que no deja indiferente a nadie. La cruz de la casta de gobernantes más nefasta que ha tenido toda la historia de España.

 

M.J. “Polvorilla”

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