Me pregunta mi primo Antoñito que qué es eso de la berrea. Realmente lo sabe pero, como buen empresario de éxito y corbatillas agresivo, quiere siempre dominar una situación que es indominable cuando te cambian el café con pastas por un botellín que se abre con la base de un mechero.

 

La Berrea es, para que entiendan, una similitud a las fiestas de los pueblos. Cualquiera de ellos.

 

Cuando llega septiembre comienza a cambiar el tiempo, tormentas improvisadas, calor y agua en medio segundo. Que lo mismo necesitas un chaleco al lubricán, que te sobra el pellejo en mitad de la noche. Septiembre atrae la mudanza de presiones, las tormentas, se cambia la ropa de verano por la de invierno. Y así varias veces. Porque cuando crees que ya ha pasado la estación, ésta regresa con el Veranillo de San Miguel.

 

Septiembre menea con sus vientos las copas de los quejigos y robles, vertiendo al suelo la fruta deseada durante todo el estío: la primera bellota de la temporada. Y cervunos y marranos la barruntan y esperan impacientes a cualquier hora. El alimento llena el buche, el tiempo calma la actividad de las moscas, las pequeñas y breves tormentas pudren el pasto, matan el polvo y comienzan a verdear las vegas porque la tierra está caliente y con ganas de resucitar. Es el momento en el que los venados salen, a cualquier hora, a despertar sus instintos de reproducción y a pelear y saltarse los horarios que sólo daban permiso a descubrirse con el amparo de la noche. Ahora todo da igual, y te encuentras a los que nunca ves en mitad del día, con la barriga metida en un charco y pegando berridos para que todos sepan que existen y que llevan la voz cantante…

 

Pero la imagen bucólica no acaba de convencer a mi primo, corbatillas de profesión. Porque es muy bonito lo expuesto pero insiste en que mi ímpetu y afición pueden más que la realidad… Le miro con picardía mientras abro dos nuevos botellines con el mechero. Le tiendo uno. Y sentencio: esto es como cuando son las fiestas de los pueblos de cualquiera de nuestra orografía. Los forasteros o “limpia-ollas” acuden con sus coches de alta gama con los aires de grandeza del que viene de la gran ciudad a las humildes calles donde aún tienen casa sus primos o abuelos. Se unen a las peñas de las que siempre han formado parte donde todos se ponen la camiseta del mismo color -divisa del grupo de amigos- y beben en demasía porque por la tarde hay vaquillas o a la salida del sol, y cada segundo sin un botellín en la mano, es un segundo perdido en la vida. Hay tirada al plato y también concurso de paellas. Y fulanito ha abierto la piscina de su parcela para que todos vayan a refrescarse. En resumen, las calles de los pueblos de España están repletas de gentes que celebran la vida y echan de menos el mundo rural. Y los que nunca salen a los bares, esos días no entran en casa. A cualquier hora te encuentras a los más prudentes durante el año en mitad de la fuente de la plaza gritando que resucite el Che Guevara.

 

Pues la berrea es eso. Lo mismo. Que los más responsables durante el año pierden los papeles por unos días para entregarse al vicio y al fornicio. Y algún novato que viene de fuera se arrima a la hembra que no es suya… ¡y viene otro más fuerte para meterlo en cintura…!

 

M.J “Polvorilla”


M.J. «Polvorilla»

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