Puede que exista un modo menos exigente de disfrutar del tiempo libre, admito que no se comprenda por otros la necesidad de pasar penurias en el siglo XXI, dónde, por encima de todo, las sociedades modernas buscan un altísimo nivel de confort ajeno a cualquier experiencia del padecimiento, y menos aún si éste es voluntario.

No está mal esa aspiración, pero me temo que en el camino para conseguirlo la experiencia de nuestra vida se descafeína irremediablemente. Miles de seres de nuestro acomodado mundo occidental rehúyen, como si de la peste se tratase, de cualquier encuentro con la exigencia, con el esfuerzo, con el sufrimiento, más allá del que les imponga la vida laboral o la enfermedad sobrevenida, y por ello han convertido sus vidas en una inane actividad sedentarista.

Cientos de estudios médicos y psicológicos bogan por la obligatoriedad de abandonar esas actitudes para el necesario cuidado de la salud mental y física. Es esa masiva búsqueda del confort y de la constante lucha contra el dolor, por leve que sea, la que de algún modo está separando a las personas del contacto con la naturaleza y del correcto entendimiento de la misma.

Los cazadores conocemos, junto con otro puñado de colectivos que practican actividades de exigencia en el medio natural, las leyes que impone ese entorno que nos alumbró en el albur de nuestros tiempos y hoy, creyéndonos dioses, pretendemos, doblegar, domeñar y lo que es peor adulterarlas en sus conceptos inmateriales.

El conocimiento y el cumplimiento de esas normas, que nuestra actividad exige, confronta radicalmente con la tendencia a la que antes aludía, que no puede comprender que alguien busque voluntariamente esa experiencia de dureza, “de pasarlo mal”.  Es esa falta de conocimiento, de entendimiento en el fondo, lo que entre otras circunstancias ha puesto a la actividad cinegética en el punto de mira, contra las cuerdas.

Levantarse muy pronto los días que se consideran de obligado descanso tras llevar toda la semana trabajando para pasar horas bajo la lluvia, azotado por el viento, repechando laderas, ascendiendo cumbres o caminando bajo un sol de justicia, no tiene cabida en la mente de la mayoría de las personas que conforman nuestra sociedad.

Lamentablemente miles de personas en ese sentido han vuelto la espalda a sus orígenes y han perdido ese necesario contacto con la naturaleza que nos configura como lo que somos. Homo Sapiens. Y no me refiero a contemplarla, como si de una postal se tratase, si no a introducirse en la misma para comprenderla, admirarla y respetarla. Entonces, muchos de ellos entenderían que la caza es una de las primordiales leyes que la sustentan, y comprenderían que el hombre siempre ha formado parte de ese círculo de la vida del que tanto oímos hablar, y, seguramente, aunque no compartiesen nuestra actividad al menos podrían respetarla.

La caza implica sobrellevar esa exigencia vital y mental con gran entusiasmo, provocando muchas veces la superación personal. Pero a pesar de todos los inconvenientes que la caza puede plantear al cazador en ese aspecto puramente físico y mental, y no sólo en ese, si no en el de las propias relaciones familiares (desgaste añadido a la actividad venatoria), el actual rechazo de una parte importante de la sociedad, aún así, no conozco a ningún cazador que al acabar la jornada vuelva a casa triste, abatido o desanimado.

Me atrevo a decir que pocas personas disfrutan tanto como un cazador ejerciendo la venatoria. El cúmulo de sensaciones es tan abundante e intenso -aunque no se abata, ni cobre la pieza perseguida- que sume al cazador en un estado de felicidad casi pleno, rayano al paroxismo. Es más que probable que al integrarnos en el mundo del que partimos se activen en nuestros cerebros sensores que nos hagan sentir que nos encontramos exactamente en el lugar al que realmente pertenecemos.

Por ello, a pesar de todos los pesares, de las fatigas, de los avatares, insistimos una y otra vez en su práctica.

Para nosotros la caza es sinónimo de vida. Al que no la comprenda, entienda o simplemente desconozca, tan solo pedirle que nos otorgue el beneficio de la duda y, en todo caso, exigirle respeto.

 

Ramón Menéndez-Pidal.

 

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