El ocho de La Senda de los Abuelos

LXC | Locos por la Caza. By Ramón menéndez pidal

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El ocho de La Senda de los Abuelos

Acelero lo que me permite la vista, la oscuridad de la noche lo inunda todo, solo la fulgurante luz de los faros del vehículo me muestra el camino. A los lados la nada.

No llego a la junta, incomprensiblemente me he quedado dormido. No me había pasado nunca. Continúo acelerando. Por fin entro en el pueblo soriano pegado al Duero, creo recordar el punto de encuentro. Si, ¡ahí es!, veo una mesa en la calle y detrás de esta una cara que me resulta conocida, pero que no asocio a un día montero. Yo que sé… Derrapo en mitad de la vía y aparco tipo Starsky y Hutch. ¡Leches! no sabía que sabía hacer esto. El rostro al otro lado de la mesa me mira con frialdad. Solo con un lacónico “llegas tarde” por toda presentación me recibe y me extiende un precinto para… ¿un guarro? y me dice: el 8 de La Senda de los Abuelos. Te colocas por tu cuenta… los demás ya se han ido.

Otro salto al todo terreno. Pico vielas y justo antes de abandonar el pueblo, veo un tipo corriendo por la carretera en la misma dirección que voy yo. Pero… ¡cojo…! ¡si es Antonio! Nuevo frenazo. Según desciende la ventanilla automática veo que lleva su arco en la mano. ¿Dónde vas desgraciado?, le espeto. Llego tarde, voy al siete de La Senda de los Abuelos. ¿Corriendo?, vamos sube, sube zumbado, voy al ocho.

Al instante, una luz fluorescente de un amarillo intenso nos da el alto. Cago en la mar… ¡La benemérita! Linternazo al interior del vehículo. ¿A dónde van? me dice una joven guardia con coleta -a ésta la vi el otro día en un control en La Granja. Estoy casi seguro. ¿Qué hará aquí? –. A la montería, digo. ¿De veras? Hombre claro, le respondo. Su amigo…. puede, va disfrazado de encina, pero… ¿Vd.? …con ese traje…. Frío si, de eso va a pasar un rato; seguro. Me miro, ¡Dios mío!, ¡llevo un traje azul cruzado de diplomático!, pero… ¿cómo es posible?, ¿cómo me he podido confundir?; camisa de doble puño, gemelos de oro, corbata de seda… jod… Voy a palmar de frío.

Antonio se desternilla de risa, su sonrisa me recuerda a la del Jocker, es más una extraña y gran mueca que otra cosa. Retumba en mi interior. Le pregunto a la guardia si voy bien para coger el camino del pinar y marcialmente me lo marca con un giro de su kepis. Nos deja ir sin más. Enfilo la ruta señalada, no entiendo nada, entramos en su cuartel, atravesamos una estrecha calle llena de uniformes colgados al sereno, saco la mano y al paso me llevo una guerrera. Adiós al frío, me digo. La calle es interminable, eterna, no acaba… por fin al fondo una luz. Pongo el cambio secuencial, exprimo el motor, siento como propias sus revoluciones.

De repente saltamos a la luz, a la plena luz del día. Veo la cuerda y reconozco la entrada a la armada de La Senda de los Abuelos. Voy a llegar como sea. Tiro el coche al pie de unos pinos secos en un viejo paso de torcaces. Voy directo al maletero y … ¡la leche!, he cogido el arco en lugar del rifle. ¿?. Al levantar la vista veo a Antonio corriendo de nuevo y voceándome que ha olvidado las flechas en su habitación. Toma el camino en dirección al pueblo, le grito con toda mi alma: ¡¡dónde vas desgraciado!!, pero no para, corre y corre, le veo perderse como el bigfoot de esa vieja cinta americana dando pequeños saltos entre la arboleda.

Mi puesto está arriba. Voy con unos zapatos ingleses de color negro. Me calo la guerrera y corro, corro como alma que lleva el diablo. Paso el uno, el dos, el tres… el del cinco se cuadra a mi paso ¡a sus órdenes mi capitán!… le largo un ¡suerte! y un ¡arriba España!, por el rabillo del ojo le veo pasar a posición de descanso.

Por fin…llego al ocho. Luce el sol. Un puesto de balcón. Hace frío. Abro la funda del arco y…tampoco tengo flechas ¿¿¿??? ¡¡¡Noooo!!!! En el puesto hay… ¡una nevera! de esas de plástico de 50 x 50. Se encuentra repleta de aquarius y chorizos sorianos de primera calidad. ¡Qué pasada! Algo es algo.

Huele demasiado bien. En esas, oigo crujir el suelo del pinar, el arroyón es inconfundible, viene directo a mi puesto, lo veo, me ve, un cochinazo de esos que quitan el hipo, me enfila y me carga con toda su furia castañeteando los colmillos. En sus ojillos veo la rabia incontenida y el miedo a la vez. ¡Virgen de la Cabeza protégeme! Por toda arma tengo en la mano derecha una pequeña navaja multiusos suiza que estaba en el bolsillo de la guerrera y que tiene pegada un pequeño adhesivo de la enseña nacional, y una caña de chorizo soriano de Molinos de Duero en la mano izquierda. No lo dudo un instante, abro la navaja y de un salto felino me subo a lo alto de la nevera dispuesto a vender muy cara mi vida, con mis zapatos ingleses, mi traje cruzado de diplomático azul marino, la guerrera de guardia civil, la navaja; soy montero, soy español… no quiero morir entre chorizos… Afrento al guarro.

Siento un golpe seco en el hombro. Todo se desvanece. Papá, papá, despierta, despierta… estoy mala, tengo mucha fiebre. Estoy en mi cama, mi pequeña hija Sofía acaba de salvarme la vida, ella no lo sabe. Creo que nunca he abrazado a nadie con tanta intensidad, le dejo acostarse a mi lado, descansa…, descanso.

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