El título de este artículo, que bien podría ser el de una novela de Cristhie o Conan Doyle, responde a un suceso real de lo más sorprendente, extraño, penoso, cabreante y … por rocambolesco divertido.

Desde hace unos cuanto años formo parte de un grupo de cazadores arqueros que, acertadamente dirigidos por Alberto López, delegado de la sección de caza con arco de la Federación Madrileña de Caza, en estrecha colaboración con Emilio de la Cruz y Javier Sintes, componemos el grupo SCAES (servicio de cazadores con arco de especies silvestres), grupo pionero en España y creo que en el mundo, que tiene por objeto el control del exceso poblacional de especies de caza, especies invasoras etc…, en zonas urbanas y periurbanas de la Comunidad de Madrid,  llevando a cabo con seriedad y acierto, y mucho altruismo de sus miembros, tal labor de descaste controlado bajo el paraguas y auspicio de la Consejería de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio del CAM, cuyo Servicio de Caza y Pesca, a los mando de José Lara, permite, apoya y promueve, en aquellos sitios en los que es necesario hacerlo,  esta gran, y bastante desconocida, gestión medioambiental, para mantener el equilibrio de las poblaciones de ungulados silvestres en números razonables y adecuados y evitar así riesgos sanitarios que puedan afectar a personas, ganado doméstico, animales de compañía, riesgos de  seguridad vial etc… al incidir ya de manera evidente en espacios estrictamente urbanos con los evidentes peligros que ello conlleva.

Sentado lo anterior. En algún lugar de Madrid de cuyo nombre no quiero acordarme… he vivido una, llamémosle, pintoresca historia que merece la pena ser contada.

A petición de determinado centro deportivo participo como miembro de SCAES en el intento de dar caza a un jabalí o jabalíes que estaba/n destrozando, literalmente, un campo de golf público. Voy al lugar del suceso compruebo los importantísimos destrozos que están llevando a cabo y organizamos los puntos de aguardo dónde poder eliminar al jabalí en cuestión que ya, Incluso de día, tenía que haber sido perseguido por varios empleados con buggys de golf para intentar echarlo del campo. Me decían aquellos que tenía gran tamaño. Sus huellas así lo delataban.

Dicho y hecho, tras cuatro días de cebarle de forma continua en los puntos más factibles para esperarlo y colocar un tree stand a cinco metros de altura sobre un viejo chopo, comprobado que todos los días era fiel a la cita y se comía todo antes de asaltar el campo, me pongo a las ocho de la tarde de un día entre semana.

Me ubico entre un conocido río madrileño y el susodicho centro deportivo, en una bonita franja de ribera compuesta de zarzas, chopos y praderías de hierba. Aún no hace frío, pero ya hay que abrigarse. Estoy muy expuesto, pues por toda cobertura tan sólo dispongo del tronco del árbol al que pego mi espalda como si formase parte del mismo. La ropa críptica de camuflaje me ayuda a ello, pero sobre todo es la inmovilidad más absoluta y el no efectuar sonido alguno lo que puede contribuir de forma decisiva al éxito o el fracaso de esta operación. He cebado a quince metros de distancia. Estoy cómodo.

Pasan los minutos y veo a la gente en el campo de golf disfrutando con actitud concentrada de este apasionante juego. La exigencia, el rigor de la actitud, el esfuerzo en la concentración, son similares en ambas disciplinas, con la salvedad de que el en golf el golfista se enfrenta a la postre a un hoyo, el cazador a un ser vivo. Me entretiene verles, me asombra pasar tan inadvertido. Dan las nueve de la noche, la gente se está yendo definitivamente y comienza el cierre de las instalaciones. La clausura del centro significa la apertura de la espera. Aguzo todos mis sentidos.

Lo he cebado en primer lugar a unos 95 mts. en un pasillo que discurre paralelo al rio y viene directo a mi apostadero.  A 50 mts. la puerta abierta de una malla que impide el acceso desde el pasillo, es la improvisada puerta de chiqueros por la que espero ver aparecer al bruto que aguardo. A las 21,45 siento el ruido del volcar de las piedras del puesto lejano. Ahí está. Llevo dos horas sin pestañear en la silla. Todo mi cuerpo se conecta con el entorno. El aire fresco, el rumor del rio, la luz de la ciudad, forman parte imborrable de este tipo de aguardos.

Son las 21,55 le veo atravesar la cancela, viene derecho a la plaza. Es un animal de porte. Me comprimo más contra el tronco. Se para a escasos treinta metros. Levanta la gaita y la llena de aire. Ventea, respira profundo, huele el frescor de la hierba regada del campo de golf con la que ansía darse un nuevo atracón. Tiene la confitería al otro lado de la malla. Ya conoce sus entradas y salidas. No supone obstáculo alguno para él. Pero antes tiene que aprovechar el caramelo que supone el cebo que le pongo en el camino. Su glotonería no conoce límite. Estos animales aprovechan cualquier oportunidad para llenar la panza.

Decide avanzar, es el momento. Viene directo hacia mí y gira a mi izquierda a unos 10 mts. en dirección al cebo. Ya no para. Comienza a comer. Enciendo con todo el sigilo que puedo la linterna que ilumina exclusivamente el primer pin del rudimentario elemento óptico del arco. Le dejo comer hasta que se cuadra. Esto es esencial en la actividad que prestamos. Nos tenemos que comportar como auténticos cirujanos. Conocemos, porque la hemos estudiados a fondo, la anatomía de los animales a los que nos enfrentamos. No podemos dejar animales heridos en este tipo de entornos urbanos, visitados por cientos de personas a diario. Esto es clave y complica estas esperas. El arco es muy efectivo, pero lo es y mucho si las cosas se hacen bien, si no puede herir y provocar un óbito dilatado en el tiempo, lo que por todos los medios nos encargamos de intentar evitar.

 Me cuesta abrir el arco pues mis músculos están entumecidos y no puedo además efectuar ruido alguno, pero lo consigo. Hay un gran foco de luz a unos 100mt.s de distancia en el acceso al campo cuyos haces se cuelan entre las ramas de los árboles y recibo por mi espalda. Leches. Casi diluye la luz del pin. Pero ya no hay otra. La malla que me cubre la cara me entorpece algo al intentar taparme de la luz del foco todo lo que puedo. Aún así, consigo meter el pin en el sitio, cuatro dedos por detrás del codo de la pata delantera. Busco su corazón. Es un gran guarro. Suelto. Oigo la flecha golpear contra las ramas bajas del chopo que tengo a mi izquierda ubicadas a ras del suelo tras el enorme guarro.

El jabalí pega un arreón y tira hacia mi espalda. Le veo perderse en las sombras. El ruido no me ha gustado, no he oído el característico sonido a hueco que suele provocar la flecha al impactar, pero es verdad que no siempre sucede. Coloco otra flecha y decido esperar una hora más. Si viene de vuelta tendría que volver a pasar al alcance de mi arco. Oigo unos gemidos lejanos, me animo. A las 23 hs. bajo del árbol y me acerco al punto de impacto. Dos clarísimos pezuñazos, muy grandes, me indican que el animal ha tenido que acusar el impacto. En efecto, avanzo en un metro en la dirección de la huida y veo las primeras gotas de sangre en las hojas del suelo. Ahí lo dejo. El compañero que me daba cobertura (vamos siempre en pareja) ha tenido que irse antes. No te la puedes jugar de noche sólo con un arco en la mano frente a un buen jabalí. Es un dislate. Tengo a mi nuevo can en el coche, un precioso sabueso español llamado Astur que tan solo cuenta con cuatro meses de edad, demasiado joven para parar a un jabalí en caso de tener que hacerlo.

Al medio día siguiente llego al lugar en compañía de mi gran amigo y compañero de batallas Jorge Rosón, magnífico arquero, miembro de SCAES, con el que ya he compartido interesantes lances y cobros. Ponemos al joven perro en el rastro. Han pasado 13 horas y aunque parezca increíble el sabueso pega la nariz al suelo y comienza a seguir el rastro con fijeza. En los primeros treinta metros el rastro, aunque continuo, no es muy claro, a partir de ahí es evidente. El perro no lo suelta, llega hasta la orilla del rio dónde hay un gran manchón de sangre y se para. No hay ninguna evidencia de que lo haya intentado cruzar. De repente, veo que el perro vuelve hacia atrás y engancha un rastro de vuelta que cruza el que traíamos. ¿Cómo es posible que tan pequeños ya tengan esta nariz?. Sin nuestros perros, amigos, auxiliares y fieles ayudantes, nuestro trabajo no podría ser tan efectivo. A siete metros el perro se para ante una cama que tiene en el suelo un charcazo de sangre arterial y venosa de 60 x50 cm y de un centímetro de espesor pero,… del guarro ni rastro.

Comienza el lío, empezamos a hacer círculos concéntricos… y, nada, somo incapaces de cortar algo de sangre distinta a la ya vista. El perro sigue fijo en la cama. Vamos hacia arriba y hacia abajo, peinamos toda la zona de la ribera, veinte minutos. Vuelvo al último rastro. Le digo a Jorge: “alguien se lo ha llevado”. Me mira sorprendido y me dice que ni de broma, que no hay ningún arrastre, ninguna huella que lo infiera. Le digo que en una carretilla. Me insiste, no hay huellas. Me pongo en cuclillas encima del charco y al levantar la mirada lo veo. Veo las huellas de un pequeño tractor que mueren a 2 mts. de la ensangrentada cama. ¡Ahí están las huellas Jorge!. Las seguimos, son de ida y vuelta, y se dirigen hacia las instalaciones del centro. Ya no albergo duda. Se lo han llevado. Me parece increíble.

Continuamos con la labor detectivesca. La función de arqueos ha terminado. Comienza la de Sherlock y Watson. Yo me voy a por los empleados del campo y Jorge se dirige hacia las instalaciones de la CAM. Los del campo ven lo evidente y no se lo pueden creer. Han sido los de la CAM dicen. Al poco me llama Jorge sereno pero inquieto. Te va a buscar un empleado del campo, no te muevas.

Aparece un tipo encantador, me monta en un buggy y me conduce a la nave en la que está Jorge. Jorge, después de contactar con la encargada de la CAM, ha conseguido, tras explicar lo sucedido, que a regañadientes le abriesen la nave dónde guardan la maquinaria para atender las instalaciones. Ahí esta. Un pequeño tractor azul, cuya pala está ensangrentada en su perfil y alberga en su interior varias hojas secas de chopo, también manchadas de sangre. Ya sabemos dónde está el guarro. Hemos resuelto el misterio al más puro estilo novelesco. Para llorar.

Es increíble que alguien pueda retirar a su antojo un jabalí de un espacio público como ese sin comunicarlo previamente. La encargada abochornada nos pide disculpas y nos dice que no sabe nada de nada, el empleado que la acompaña también se muestra sorprendido.

Les explico la obligación que tenemos de trasportar una vez cobrado el Jabalí al CRAS (Centro de recuperación de especies silvestres) de tres Cantos, que esto no es una broma, que es un asunto muy serio y que este animal tiene que aparecer, si o si, envasado al vacío, en chorizos (como el que lo sustrajo) o como sea, pero entero. Nadie da razón de dónde está el jabalí.

Pasa la tarde y nada, tenemos que hablar con el director del centro que no sale de su asombro y me dicen que va a abrir una línea de investigación. Le digo que Sherlock y Watson ya nos hemos ocupado de eso, que lo que tiene que hacer es reunir a los pollos del turno de mañana y cantarles la gallina dándoles un ultimatum. Mano de santo. A la mañana siguiente lo hace y a las 13,30 me avisan de que ha aparecido el guarro en el rio. Lo han tirado en la ribera de enfrente por un talud de 40 mts. de desnivel sobre el rio, manda … pues eso. Gracias a la amabilidad de uno de los empleados del campo de golf y su gerente conseguimos sacarlo con una excavadora, el machazo dio en la báscula 110 kg.  Ahí es nada.

Todavía el pájaro de turno (autor material, cooperador necesario o encubridor) me decía que lo había visto desde el rio porque lo había vadeado por la mañana, de coña. En el lugar dónde me decía que estaba, estaban marcadas otras dos huellas de tractor más claras que las anteriores, delatando que lo habían arrojado allí desde otra máquina diferente. Patas arriba estaba el cochino de esta historia, la formal más normal de los guarros de plegar la servilleta, vamos. Le llamé de nuevo…sólo pude mandarle a lugar al que enviaron al P. Padilla. No había otra. Para  reír. Mejor que llorar.

Mientras no consigamos en nuestra querida España desterrar a toda esta suerte de listillos, pillos, truhanes, chorizillos, caraduras, getas y demás ralea de todos los ámbitos, España no cambiará, no tendrá solución, seguiremos expuestos a sobresaltos, timos, burdos intentos de engaño, panoplias, mentiras, sandeces, gilipoll… En fin, nada nuevo bajo el sol. Seguiremos avanzando muy a pesar de estas sanguijuelas, parásitos de lo ajeno, ya sea público o privado. ¿Hasta cuando?. Que les den…por dónde amargan los pepinos.

 

Ramón Menéndez-Pidal, un arquero cabreado.

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