A José María Pascual González-Babé, uno de esos monteros viejos que sabe leer entre jaras.

              Qué tarde es… O qué pronto. No puede dormir. Se ha visto mecido por la angustia del qué pasará. Por el patio sólo se oye la caricia de sus espuelas contra el suelo. El estribo y el bocado han chocado. Se siente resoplar a un caballo. Hay una luna tenue pero suficiente para quitar el mal cuerpo. Para echar las cuatro migajas que quedan en el asador del ego. Hombre y animal se funden. El caballo queda aparejado. Éste nota el látigo, el cuchillo y los delantales, pese a que aún es de noche el animal sabe lo que acontece. Van sin perros. Hoy no se ronda. Ahora, a las 4.30 de la madrugada, sólo hay una cosa qué hacer: carear.

 

              El centauro  sale del patio meneando el mosquero. Hace fresco y hasta los remos del jaco se resienten de la inminente aurora. Se retrota. Tiene genio y ganas de mostrar su corazón. Qué gran caballo. El mejor trofeo.

 

              Van  al careo de la vía del tren, bien lejos de la mancha. Las reses buscan las bellotas de aquella zona. No  sabe por qué. Pero hasta de día duermen allí. Poco a poco van con el aire en el cogote llegando a los hondos… Allí se detienen, el jinete desmonta y mete mecha a la yesca y gomas que  noches atrás preparó para la ocasión.  Enciende  un cigarro. Carraspea un poco más fuerte de lo normal. Y hasta silba a lo bajo como si llevara consigo un perrillo. Es el careo sordo. El “te la meto sin darte cuenta”. Es espantar la zona en la que no quieres que quede un rabo… pero quedando alguno.

 

              Así hora tras hora. Andando, callando y haciendo un ruido sordo del que mosquea y no alborota. Están cansados. No por la fatiga, sino por lo que acontece.

 

Van camino de las migas, con el sol amaneciendo por las sierras de siempre, como siempre… pero en un día especial. Llegan a la junta retrotados, los perros viejos de las rehalas no se inmutaron, sólo algún cachorro tuvo la irreverencia de ladrar al experimentado caballo.

 

              Un montero madrugador e ignorante le increpó con guasa:

¡Hoy se te han pegado las sábanas!

 

La gente rancia del campo, siempre observadora y pícara, observó cada detalle de la escena: las cuartillas del jaco chorreantes de rocío, las de su amo también. Gorra calada hasta las cejas mientras se enciende un ducados que saca de un paquete casi terminado.  Gesto cansado y arañazos en unas manos manchadas de tizones negros…

 

              No hacen falta más ingredientes para saber que toda esa noche aquella collera estuvo haciendo la labor callada del chanteo. Esa  de la que algunos hablan… y muy pocos conocen.

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