Abrir una aplicación en nuestro teléfono y hacer un pedido de una hamburguesa estupenda con nombre en inglés parece inofensivo y respetuoso con el medio ambiente, pero la verdad es que la carne de la hamburguesa era parte (y seguramente no de las partes nobles del animal) de una ternera (la hija de la vaca, esa tan “mona” cuando la vemos desde la ventanilla del coche) o de una vaca (la madre de la ternera) y no fue procesada una vez la vaca murió de vieja o de felicidad.  Para hacer esa hamburguesa, alguien crio a esa vaca, la vigiló para que no la atacasen los buitres cuando era un ternero de días, o para que no se la beneficiase un lobo (ese animal legendario tan bello, pero que como carne casi todos los días).  Que un día la subió a un camión y fue al matadero.  Que allí le dieron muerte, que es como se llama cuando le quitas la vida a un animal (quizás habría que decir que la sacrificaron que es más políticamente correcto).  Que la trocearon y que algunos trozos pasaron a una maquina trituradora de carne y una vez procesada y mezclada con unos cuantos “polvos y líquidos” paso a ser ultracongelada para que ese restaurante la precocinase y la cocinase y una vez ensamblada en su caja, acabase en el maletero de una moto camino a tu casa.

Esto es socialmente aceptado y corriente, pero cazar parece ser un acto salvaje para el disfrute de unos monstruos que van dejando cadáveres de animales inocentes a su paso.  Pero ahí está la gran mentira, la venda que nos hemos dejado poner.

Hay una carrera global por “digitalizar” al ser humano, por desnaturalizarlo, por convertirlo en ciborg: parte humano y parte máquina y nos parece cojonudo.   Progreso lo llaman, y no es malo intrínsecamente, salvo que olvidemos de dónde venimos y a donde estamos.  Esta deshumanización se asienta con fuerza en las ciudades y está cambiando nuestra relación con la naturaleza, desde nuestra percepción de esta, hasta nuestra manera de alimentarnos.  Como ejemplos, la fruta (la que nos apetezca sin importar si es su época o no) viene pelada y cortada y sabemos de qué fruta se trata por lo que dice en la etiqueta, porque casi siempre tiene poco sabor y no tiene ningún aroma.  La carne, procesada y empaquetada, porque las nuevas generaciones ya ni siquiera visitan al carnicero por considerarlo “sangriento” y desagradable y al pescatero le espera una suerte similar.  Mas fácil comprarlo en bandejas en las que se camufle su crudeza o escondido en comidas pre procesadas.

Y claro, toda esta desnaturalización, lleva a muchos a atacar lo que no conocen o lo que no ven.   El ser humano ha llegado a lo que es hoy porque un día empezó a comer carne, porque un día se atrevió a cazar animales cada vez más grandes y aprendió a vivir de otros domesticándolos.  Es curioso como en muchos pueblos de España, cuando los cazadores bajaban del monte, medio pueblo esperaba con cierta algarabía para ver si “se había dado bien” y traían carne y “sacaban tajada”.  Cuando alguien se perdía en el monte, se avisaba a los cazadores porque conocían como nadie los vericuetos del bosque.  El mismo cuento infantil de “caperucita roja” termina con la salvación de la niña por parte de un cazador.  ¿En qué momento hemos pasado de héroes a villanos?

Todo este progreso que primero pasó por agricultura rural, después intensiva, más tarde la industrialización, ahora la automatización y dentro de poco robotización y digitalización, han modificado el ecosistema para siempre.  A esta nueva sociedad urbanita le gusta salir un día al campo, ver “animalitos”, respirar aire puro y volverse a su casa donde todo se gestiona con un botón o con el teléfono móvil.  Pero el campo no se gestiona con un botón y no se gestiona solo.  De hecho, con los avances de los últimos siglos, hemos hecho que la naturaleza ya no se pueda gestionar de manera autónoma.  Un exceso de determinada especie siempre es en detrimento de otra, da igual si es animal o vegetal.  Y la intervención humana nos ha llevado a que ahora somos parte del ecosistema y nuestra función es equilibrar ese balance y aprovechar su explotación.

La realidad es que un exceso descontrolado de una población de una especie en concreto (y que no se engañe nadie, sin depredador, antes de después, la población siempre crece), termina en ausencia de comida o agua.  Los animales mas inteligentes, migran a otras zonas, pero otros se quedan donde están y terminan por enfermar y morir de muertes horribles y agonizantes, esas que nadie quiere ver o saber de ellas.

Lomo de ciervo

La función de la caza como regulador de poblaciones es vital.  Pero es que, además, y para aquellos que no lo sepan, en el campo no se pierde nada.  Lo que no se vende (y bien vendido porque lo compran los restaurantes y cadenas alimenticias) lo aprovechan los propios cazadores o los lugareños.  Y los restos que no se aprovechan para alimento humano, muchas veces son consumidos por los animales carroñeros y vuelven a dar vida al ecosistema.  Y encima, la carne de caza es salvaje y sin duda la más sana. No ha sido tratada con hormonas o antibióticos y solo se ha alimentado de “naturaleza”.    

Para los que critican las “cacerías”, la realidad es que abatir los animales de uno en uno es arduo, lento y costoso.  Se hace con determinadas especies y en momentos concretos, pero no sirve como método de regulación.  Se hace en “cacerías” en las que se juntan un número determinado de cazadores que bajo unas estrictas normas de seguridad y cupo de animales que se pueden abatir, realizan la acción de caza.  Estos eventos tienen numerosos beneficios para la población local, desde jornales para las distintas labores de preparación en los meses anteriores a la ayuda el día de la jornada.  Por no hablar del gasto de los cazadores en gasolina, restauración o alojamiento.

¿Resultado de una jornada de caza?  Jornales para los lugareños, gasto en los negocios locales de la población, carne de máxima calidad que pasa del campo a la mesa generando riqueza en cada paso de la cadena, población animal controlada a un volumen apropiado para la zona y cazadores satisfechos.

Curioso cómo presumimos de ser el mayor productor de aceituna del mundo y nadie dice ni pio de la estupenda calidad de la carne de venado español, muy apreciado en Francia o Alemania.  Que nos parece muy bien coger moras de una zarza o setas del suelo y sin embargo, al cazador lo hemos hecho villano.

A esta sofisticada sociedad del teléfono móvil y la ultracomunicación, resulta que se le ha olvidado de donde viene, donde está y lo que hace falta para que se mantenga en equilibrio.  Que los cazadores queremos ver los campos llenos de ciervos, de perdices, de jabalíes, de conejos, de zorros, de lobos, de águilas, de buitres… y un enorme etc…  que necesitamos mantener ese equilibrio a veces tan frágil y que queremos disfrutar de los pueblos perdidos en valles recónditos y de sus gentes.  Y todo ello, generando riqueza y aprovechando todo lo que ofrece el campo español.

Imágenes cedidas por https://www.instagram.com/ivan_hunter_/ gran cazador, gran cocinero y buen amigo.

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