Muchos le conocen como Rufo a secas, para algunos es Don Rafael y para mí, el “tío Rufo”.  No es el más fino de puntería, aunque tiene en su haber algunos lances memorables, algunos van mejorando cuanto más se cuentan… No es tampoco el más correoso andarín, de hecho, en los repechos resopla como una locomotora a vapor, pero con la escopeta en la mano, es capaz de perder la noción del tiempo y de los kilómetros.  No es sigiloso en el campo, de hecho, le gusta cazar acompañado y en el puesto le gusta contar historias, pero que no le cuenten a él nada.  Hace muecas cuando mueves los pies o arrastras unas hojas, pero se queda tan ancho cuando es él quien estornuda. Está medio sordo, aunque él lo niegue siempre. Es hablador y un cuentista nato y no hay cosa que mas le guste que recordar y exagerar historias de caza al calor de una buena hoguera.  Madrugador nato en jornadas de caza, dice que no le hace falta ni poner el despertador. 

El otro día pensaba que es una pena que se pierdan estas historias que, aunque algunas se cuentan en corrillos y sobremesas, unas crecen cada vez que las cuentan y otras, se diluyen y pierden como los ecos en los sierras.

Esta pequeña serie de historias narra las aventuras y desventuras de este cazador a veces sabio, a veces torpe al cual he tenido y tengo el gran placer de conocer.

 

El rececho accidentado

Finales de septiembre, sierra de Madrid.  Habíamos quedado de madrugada en el bar del pueblo, el tío Rufo, uno de sus inseparables compañeros de caza, Nacho, y yo con el guarda de la finca.  3 cafés con leche en vaso largo, de esos humeantes y bien cargados de color marrón oscuro que te meten en calor y asientan o revuelven definitivamente las tripas.  Al parecer, le habían ofrecido al tío Rufo, dos precintos de gamo baratos a modo de favor, en los que solo se pagaba si se mataba.  Puntual, llego el guarda.  Rechoncho, enjuto, callado, inmenso.  De pocas palabras y manos que parecían un solomillo de vaca gallega cada una de ellas.  Le ofrecimos un café y lo pidió solo y un “coñac” para arrancar las piernas como decía el.  Acabándonos los cafés, nos lanzo dos advertencias para que estuviéramos finos: si no sabéis andar sin hacer ruido, mejor os volvéis al coche, porque las gamas tienen el oído fino fino y de la que te miran, se acabo el lance.  El segundo aviso, éste mirándonos fijamente al fondo del ojo: espero que seáis finos con el rifle porque yo el primer tiro lo doy por bueno y lo cobro. 

Con estas dos advertencias, se atizó el coñac de un trago y salió del bar gruñendo, ¡ya vamos tarde!  Subimos al Lada Niva del guarda, que por fuera parecía haber pasado dos guerras, pero al entrar dentro asumimos que seguramente fueron tres o cuatro.  Me tocó detrás y al cerrar la puerta Nacho vi que se descolgaba el retrovisor del pasajero, a lo que Nacho miro al guarda tragando saliva y este le dijo, no importa, con lo que corre este trasto, no me hace falta mirar “pa tras”. 

Entramos en las pistas de la finca y el Lada empezó a saltar como una cabra en celo.  El guarda tomaba las curvas como un motorista casi tumbando y me di cuenta, que en las de a derechas, el retrovisor volvía a su sitio, para descolgarse de nuevo en las de a izquierdas.  Varias curvas después, cortó el encendido del Lada y lo dejo rodar cuesta abajo.  Paró en la parte baja del valle, salió del coche y gruñó, ahora andando.  El tío Rufo sacó de la funda su precioso Mauser reconvertido a uso civil con un visor de acabado metálico brillante, de los antiguos no con demasiados aumentos, pero de una transparencia sorprendente.    Cargó 4 balas en el cargador, y miró al guarda queriendo decir “cuando quieras”.  El guarda arrancó a buen paso y le seguimos los 3 en fila india.  Superado un primer repecho, observé la cara del tío Rufo que estaba colorada por el esfuerzo y comenzaban sus sonoros resoplidos.  El guarda sudaba a chorro y se había puesto rojo atomatao pero no resoplaba y nos miraba valorando si aguantaríamos o habría que ir haciendo “paraditas”.  El guarda indicó a Nacho que estaba fresco como una lechuga una loma y le dijo: “Tú, subete por la vereda, sin hacer ruido y estate atento a la charca que verás abajo, porque ahí ronca uno bueno, si lo ves claro, tírale”. 

Conociendo a Rufo, le noté agradecido por ahorrarse el repecho a ritmo de guarda curtido.  Continuamos por el valle, subiendo por un angosto sendero con bastante piedra y pinilla en el suelo.  Rufo resoplaba y también lo hacia el guarda, pero cual duelo de titanes, los dos callaban.  Llegados a una encina solitaria en medio del pinar, nos hizo un gesto de sigilo.  Guardamos todos silencio entre respirada y respirada.  Rompió el silencio un profundo ronquido a unos 400 metros de distancia.  El guarda se acercó a Rufo y le dijo, carga el rifle y vamos andando sin hacer ruido.  Comenzamos a bajar por el pinar, escuchando cada pocos segundos otro nuevo ronquido.  El guarda se giraba y nos miraba haciendo gestos de negación con la cabeza, supongo que por el ruido.  La verdad es que yo prácticamente flotaba y Rufo, apoyaba primero el talón y luego el resto de cada pie, como si cada paso fuera una compleja maniobra para esquivar hojas secas y ramas.

Tras un gran tronco caído, el guarda me hizo un gesto para que me quedase quieto y le hizo un gesto a Rufo para que avanzara.  Se agachó y comenzó a dar pasos amortiguados, hasta que el guarda levanto la mano y le indicó una zona clara del bosque.   Recuerdo bien ese momento, yo no respiraba, soltaba el aire despacio y por la boca.  Vi como Rufo ponía rodilla en tierra y se encaraba el rifle.  Estuvo unos segundos valorando al animal, miro de nuevo al guarda que hizo un gesto rápido de asentimiento.  Yo, metros más atrás, solo veía dos gamas, pero escuchaba el ronquido, que para ser mi primera vez de “ronca”, la verdad es que impresionaba. 

Volvió a encararse el rifle, y tras uno eternos segundos, le vi hacer un gesto raro, pero de disparar nada.   Se desencaró y de nuevo volvió a encararse, pero esta vez escuché un sonoro “¡CLICK!”, cosa que también escucho el gamo, las gamas, dos torcaces, un rabilargo y seguramente hasta Nacho que estaba a un buen kilometro de distancia.  Se desencaró con rabia y miro al guarda, que suspiraba… “coño el seguro!!!”.  Ya se lo dije yo coño, ¡qué cargase el arma!  a lo que contestó Rufo, no iré yo de paseo con mi sobrino, el arma cargada y sin seguro.  El guarda le miro cabreado, Rufo, lo miró con esa sonrisa suya que todo lo calma y le preguntó, bueno, ¿a algún lado habrán ido no?  El guarda cabreado, le dijo, súbase a aquellas peñas sobre el rio que yo llevo a su sobrino a ver que hace su amigo y le recogemos con el coche al otro lado.  Rufo le preguntó, y una vez allí, por donde tiro?  El guarda se dio la vuelta y le dijo, “al pinar de abajo, y si esta vez quiere, ya si eso quite el seguro”.  Me subí al Lada con el guarda, cerrando con tiento la puerta para no desprender el retrovisor, cosa que sucedió igualmente al poner el motor en marcha.  El guarda mas que hablar, rumiaba.  Tu tío no se yo si le va a dar a algo, mira que fallarle al “paleto bueno ese”, es que como se puede ir con el seguro, así no va a tirar nada, además ¡ese seguro parece un martillo de carpintero!  Yo miraba por la ventana, y al ver a Nacho en borde de la pista me envalentoné y me atreví a decirle, mejor perder un gamo que llevar un tiro en la pierna.  ¡Coño que lejos se me hizo llegar hasta donde estaba Nacho!  Se ve que medí mal el atrevimiento o la distancia por la pista…. El caso es que el guarda me miró y me dijo, ¡en eso llevas razón zagal.  ¡Que alivio!

Bajamos del Lada y Nacho nos dijo que había visto un par de gamos, pero no dignos de lance, a lo que el guarda le dio las gracias:  “Pues ha hecho bien porque a veces vienen algunos que por la ansia, disparan un orquillón o una gama”.  Emprendimos la ruta por la pista rodeando la sierrecilla en busca de mi tío Rufo.  La conversación ahora era animada, nos hablo el guarda de estos montes, de que cada vez había menos caza, de que cuando no había guardas, se cazaba mas y había mas animales, que si habían avistado algún lobo por la zona, etc… 

Vimos alguna cierva y una pelota de muflones en otras peñas alejadas.  La pista de pronto se torno escarpada y el Lada en vez de rodar, trotaba.  Pensé en mi tio Rufo y en lo poco que le gustaban las cuestas escarpadas.  Oímos un disparo a cierta distancia y el guarda dijo: “parece que esta vez si ha quitado el seguro”.  Llegamos a la loma de las peñas y bajamos del Lada.  Llamamos por al móvil, pero saltaba el buzón de voz.  El guarda comenzó a dar silbidos cortos pero intensos.  Al poco, oímos el grito de mi tio Rufo: “aquí!”.  Comenzamos a bajar por las piedras y ya le vimos al borde del riachuelo.  En el momento no supe interpretar muy bien la estampa:  Rufo tenia el rifle apoyado en el suelo pero su ropa estaba calada.  El guarda le gritó: “ha habido suerte!?” a lo que respondió mi tio Rufo “según se mire!!”.

Tras unos cuantos metros de difícil descenso, llegamos a el, efectivamente estaba empapado.  El guarda rápido le dijo: “tirar has tirado”, y mi tío le explicó, “efectivamente,  ha caido y creo que es un buen gamo”.  El tosco guarda, le apretó un inesperado abrazo y le preguntó, ¿dónde está?  A lo que Rufo se giró y le dijo, debe estar por ahí abajo, pero por intentar cobrarlo casi me mato. 

Cobrado el gamo, que era muy muy majo y tras unos cuantos resoplidos para subir al gamo, el rifle, mi tío y el guarda, llegamos al Lada.  Finalmente fue Nacho quien preguntó, ¿qué ha pasado?  Y Rufo le contestó, “nada más llegar, vi al gamo, pero no daba la cara del todo, asi que aguanté hasta que las gamas lo empujaron a un pequeño claro.  Tiré y cayó fulminado, pero para cobrarlo tenia que bajar o por las peñas o por el rio.  Me bajé por las peñas y del primer resbalón, caí de culo y rompí los pantalones de pana.  Con dolor, pero con alegría y ganas, me decidí a cruzar el rio, pero al meter los dos pies, me di cuenta que resbalaba mas que el hielo en un día de helada. Trate de apoyarme en la vara, pero se partió y de nuevo caí de espaldas.  Aunque parecía que no cubría, cubría lo suficiente para empaparme, pero no para amortiguar la caída, así que estoy feliz por el gamo, pero con el culo “literalmente arrastras y empapado””.

 

Habré oído esta anécdota una decena de veces y en la última versión: el gamo era tres veces más grande y ya era prácticamente medalla, la caída se había transformado en un alud de rocas y en el rio casi había tenido que nadar para salir de él.  Eso sí, del culo y del pantalón de pana, ni palabra.

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